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Wednesday, January 05, 2011

Televisor Blanco y Negro, Remake

"Hace un tiempo quise hacer un ejercicio: tomar textos antiguos y re-escribirlos. El primero que tome fue "TV Blanco y Negro" escrito en el 2008 y ahora su Remake terminado en Diciembre 2010. Ahora lo comparto con ustedes y espero que lo disfruten"

Despierto con el aliento calido de Sara en mi pecho, disfruto del sabroso perfume a vainilla que emana de su cuerpo desnudo sobre el mío, su respiración es lenta, pausada, intento zafarme en varias ocasiones, pero sus blancas manos sujetan mi piel cada vez que trato de hacerlo, ella se aferra a mi y de cierta forma, eso me conforta, sentirla a mi lado, tan mía. La noche anterior en perfecta atmosfera con Chuck Berry’s bailamos apretados en el balcón del departamento, “me encanta esta canción”- me dijo al momento en que sentí mover sus caderas de un lado a otro al ritmo de “Blue Feeling”, sus labios rojos se pegaron a los míos y no recuerdo en que momento el tocadiscos se silenció. Aún debe estar prendido, pienso y con cuidado salgo de la cama, camino al living, arreglo el tocadiscos y prendo la radio, alguien habla, no le presto atención. Voy a la cocina, pongo agua en la tetera, prendo fuego y la dejo ahí, corto unas rebanadas de pan y las llevo a fuego lento en el tostador, preparo las tazas, una bandeja. El día de los enamorados había sido perfecto, la sonrisa de Sara se dibujaba como un fino trazo de pintura rosa sobre el cielo, se veía radiante. Miro al living y ahí estaba el televisor blanco y negro que le había regalado, era pequeño, con dos perillas en los extremos y un botón en el centro, todos ubicados perfectamente en la parte inferior de la pequeña caja cuadrada, la imagen es nítida, perfecta como la noche entre Sara y yo. No muchos tienen un aparato como este, son difíciles de adquirir, costosos además, pero hace años que con mi quiosco de diarios y revistas he podido solventar uno que otro gusto. Ahí estaba mi televisor, si, se lo regale a Sara por el día de los enamorados, pero debo reconocer con algo de culpabilidad, que este regalo era más bien para mí.
“El aroma a pan tostado me despertó”- dice Sara apoyada en el borde de la puerta de la cocina, vestía con mi pijama, ella conocía de mis gustos y uno de ellos era que mis ropas quedaran impregnadas de su aroma. “Sube el volumen a la radio”- me pide con curiosidad, lo hago y hablan sobre una protesta en Marruecos, “Eso se veía venir”- dijo Sara, “Los franceses no deberían de haber hecho ningún ensayo… ¿cómo se dice?”- intente responderle, pero ella prosiguió “nucleares, eso… ensayos nucleares”- se acerco, unto mantequilla en el pan, tomo la tetera con el agua ya hervida y la vertió en las tazas. Disfruto del aroma a café, apago la radio, prendo el televisor y nos quedamos con nuestras bandejas sentados frente a él, nos silenciamos, solo se escuchaba lo que salía de la pequeña caja, de vez en cuando el sonido de un sorbo de café, algo de respiración.
Sentarse frente al televisor se transformo en una rutina, cerraba el quiosco de periódicos, pasaba por el almacén, compraba comida y al llegar a casa me sentaba en el cómodo sillón que compre especialmente para ver televisión. “El sillón es demasiado grande” – decía Sara mientras lo bordeaba e inspeccionaba de arriba abajo, “Es perfecto”- le dije, pague en efectivo al vendedor y cuando llegamos al departamento fue un lío subirlo hasta el piso seis, si no fuera por un par de vecinos que ayudaron, a lo mejor hubiese considerado devolverlo, pero no lo hice y ahí estaba siempre a mi disposición dispuesto a cumplir mi obsesión.
Al comienzo no me di cuenta que era una obsesión, ni siquiera fui capaz de verlo cuando Sara me lo enrostraba. Recuerdo aquella vez que venia del trabajo y la encontré sentada en el sillón, sus ojos estaban clavados en una profunda rabia proyectada hacia la ciudad, “ya no aguanto más Jaime” – su voz quebrada, contenida, intentó decir algo más pero su rostro se perdió entre sus manos y comenzó a llorar. Le acaricie la espalda, pase mis manos en su fino cabello, bese su frente, se levantó con furia y cerró con fuerza la puerta de la habitación, me encogí de hombros, saque una cerveza del refrigerador y me senté a ver un talk show. Creo que me quede dormido y estoy casi seguro que ella fue quien desconecto el aparato a media noche. Acción que no pude corroborar porque Sara no volvió ese día a casa, ni el siguiente, ni el siguiente.

Si, me abandono y aprovecho de llevarse todo en algún momento que no me encontraba en casa. Un día al volver del trabajo encontré el televisor y el sillón en medio de un vacío perturbador, pero si encendía el pequeño aparato todo parecía llenarse. Y ahí me quede sentado, con una cerveza en la mano mirando programas nocturnos.

Poco a poco deje de cumplir con mis obligaciones, olvidaba abrir el quiosco, ir por la mercadería, a veces simplemente dejaba pasar los días confiando que mis ahorros durarían lo suficiente. El polvo, las botellas, la basura se acumuló por todos lados y aún así no me daba cuenta de nada, solo al momento de leer una notificación que me avisaba de la inevitable quiebra de mis finanzas. Solo en ese instante me di cuenta que era un adicto al mundo encerrado en la pequeña pantalla blanco y negro.

Un día se acabo la comida, las cervezas y todo lo fundamental. A regañadientes decidí salir de compras, pues no quería perder ni un segundo de la programación. Era de noche, una noche fría. Me abrigue con un chaquetón, gorro y bufanda y camine un par de cuadras, las calles casi vacías, poca gente transitando, negocios cerrados. Seguí caminando, debía encontrar algo donde abastecerme.

A lo lejos vi la luz de lo que podría ser un negocio cruzando la esquina, apresure el paso. El sonido de las monedas en un tarro me desconcentro, era un mendigo sentado entre cartones pidiendo limosna, su aspecto era repulsivo, cadavérico, y emanaba un olor nauseabundo, acelere aun más el paso, baje la cabeza y choque involuntariamente con un joven que repartía volantes, me miró con desprecio y me entregó el papel, quise pedirle disculpas por mi imprudencia pero al voltearme no lo vi por ninguna parte, mire el folleto, lo guarde en el bolsillo de mi chaquetón y cruce la calle, entre al negocio y compre lo necesario. Al salir aún terminaba de guardar el dinero que sobro de la compra, al sacar la mano cayo el papel, lo recogí. Era publicidad de un nuevo canal de televisión, tenia impreso la imagen de un payaso apuntando con el dedo índice y decía: “Canal 6, las chicas de tus sueños solo para ti”. Lo mire por varios segundos, me recordó al Tío Sam con su consigna “I want you U.S Army”, pero esto era un payaso, de esos que nunca me gustaron. Recuerdo cuando mi madre me regaló uno de trapo, lo metí al closet y nunca más lo saque de ahí, volví a mirar el folleto y tuve la sensación que lentamente el payaso esbozaba una sonrisa diabólica, asustado solté el papel de mis manos, lo miré y el viento se encargo de llevarlo lejos de mi, observe como volaba y se quemaba en una pirueta enloquecida por los aires, no podía ser posible, no tenia sentido, escuche que la brisa vibraba como risa estridente sobre mi hombro, me encogí, me sentí pequeño, estremecido acelere el paso, pero fue entorpecido por el mendigo quien tomo de mi pantalón, intente zafarme, al mirarlo tenia la misma sonrisa perversa de aquel payaso, forcejeé el pie hasta que logre soltarme de sus horrendas manos huesudas. Camine apresuradamente y no pude evitar recordar a Sara y mi adicción por aquel maldito televisor. Al llegar aún me encontraba perplejo y decidí no encender el televisor, al menos no esta noche.

Me acosté a dormir en mi viejo colchón, las sábanas se encontraban frías y ásperas, di vuelta de un lado a otro, hasta que conseguí ponerme cómodo y conciliar el sueño. No podía dormir, sin darme cuenta caí en un sueño profundo donde las imágenes de una vida plena giraban alrededor, sonreía y gozaba con los cuadros que se dibujaban en el entorno, trataba de alcanzarlos y estos se alejaban cada vez que lo intentaba, corría por alcanzarlos, pero cada vez se alejaban más y más, de un momento a otro deje de sonreír, ya no me parecía graciosa la situación. Cansado, me senté en la orilla de un camino de tierra, escuche música, parecidas a la de los circos cuando llegan a la ciudad. A lo lejos observe que se acercaba una larga fila de carros alegóricos, era una fiesta con música, danzas, todos reían y cantaban. Los carros iban adornados con alegres colores, muchos globos y luces, se escuchaba como la multitud alzaba las palmas al son de la música. Sin saber como, me vi rodeado de las mismas personas que seguían los mágicos colores del circo. Los carros transitaban frente a mis ojos repleto de mujeres hermosas, con los cuerpos semidesnudos, la piel luminosa, adornadas con plumas y lentejuelas, todas sonrientes, era hermoso y sublime, lo contemplaba atónito, con la boca abierta. Un sueño mágico, indescriptible. De pronto el espectáculo se distorsiono, los colores desaparecieron y todo se torno blanco y negro, las muchachas se transformaron en horrendas viejas arrugadas, raquíticas, con la piel pegada a los huesos, con miradas ojerosas y tristes, demacradas y encorvadas. Los carros pasaban eternamente ante mis ojos, era escalofriante, perturbador. Me restregaba los ojos, pero la imagen era cada vez más confusa. El payaso del folleto apareció ante mis ojos, riendo y bailando, desafiante, sonriendo diabólicamente como lo hizo antes. Desperté aterrado, transpirando, casi sin respiración, la ventana se abrió repentinamente y un fuerte viento entro en la habitación, miles de papeles entraban volando violentamente, el viento amaino y un papel se poso justo a los pies de la cama, lo cogí: “Canal 6, las chicas de tus sueños solo para ti”. Estaba confundido, el miedo se apoderaba de mí, mire el papel y lo rompí en mil pedazos. El televisor se encendió sin razón alguna y ahí estaban las chicas bailando junto al payaso, seduciéndome con bellas sonrisas y cuerpos encantadores, me quede hipnotizado mirando el pequeño televisor, “Ven, ven…”- me decían, atrayéndome hacia ellas, vi que sus manos salían de la pantalla intentando tomar de la mía, a paso lento me acerque cada vez más a la caja en blanco y negro. Frente a la pantalla, era solo una perturbación mía, las hermosas mujeres no salían de la pantalla, estaban dentro del televisor riendo y jugando, ellas insistieron que las tocara y así lo hice. Hipnotizado por su belleza, no aparte mis ojos ni mis manos de la pantalla, sin darme cuenta las estaba tocando de verdad, podía sentir su aroma, su piel, mi cuerpo excitado, lo estaba disfrutando cuando el payaso lanzó una carcajada histriónica y con su dedo índice señala una ventana, me acerque a mirar y vi mi departamento, mi sillón, el vacío de mi habitación, al voltear estaba solo, no se encontraba ni el payaso, ni las hermosas mujeres, me encontraba en un vacío blanco, sin cielo, ni superficie, el silencio era sepulcral.

Me dormí no sé por cuanto tiempo. Desperté con la voz de Sara llamándome a lo lejos, mire por la pequeña ventana y ahí estaba ella caminando de un lado a otro en el departamento. Yo se que me buscaba. Comencé a gritar y a golpear la ventana desesperadamente “¡¡aquí!! ¡¡Aquí!! ¡¡Saraaaaa, estoy aquiii!!”- le grite una y otra vez, golpeando la ventana angustiado, llorando, “¡¡Saaarrrraaaa, aaaccccaaa!!”- decía incesantemente, mis puños rebotaban en el vidrio con fuerza, “¡¡Saraaa sacame de aquii!!”- volví a pegarle a la ventana con la palma abierta, cerrada, con los puños. “Al parecer no se encuentra en casa”- escuche decirle a una persona que la acompañaba, “pero su televisor esta encendido ¿Qué extraño?”- se acerco a la pantalla, la miró con extrañeza, seguí gritando con más fuerza pero ella no escuchó.

“Apagare este maldito televisor”- sentencio Sara y el vacío blanco donde me encontraba se oscureció.

Monday, November 29, 2010

SUEÑO HIPERBÓLICO


Termino a eso de las 3 de la madrugada el tributo a Death en el Infierno Bar, mientras nosotros aún nos encontrábamos con la adrenalina en lo alto, el cuerpo alcoholizado, el ánimo enriquecido a música, con ganas de seguir cabeceando y bebiendo cerveza, pero teníamos que resignarnos, el Infierno cerraba sus puertas y el paradero del transantiago poco a poco se atochaba de chascones de negro a la espera de la 201. No recuerdo si pasaron minutos u horas antes de subir a la micro, solo mantengo en mi memoria los comentarios de la tocata, un par de chistes y muchas risas. Recuerdo cuando subimos en masa intentando movilizarnos através de la cuncuna, conversando de manera espontánea, en tono alto, desinhibidos.

A pesar de la hora el recorrido era lento, tan lento que algunos pasajeros exaltados comenzaron a reclamar, silbando y pisoteando fuertemente contra el piso. Como nuestro estado era de euforia, por así decirlo, nos reíamos a carcajadas de los -¡ya poh! ¡apura la maquinaaa!- que se escuchaban desde el fondo, junto a algunos silbidos y risotadas, actitud que no les pareció para nada a los pasajeros molestos, pero nosotros para distender el ambiente agregábamos nuestra cuota –¡andai puro carreteando!- y otros se animaron -¡te faltan los puros remos para ir más lento!- El chofer a esa hora de la noche no le importaban los reclamos de las personas e incluso creo que disminuyo la velocidad, -¡métele chala poh hombree!- resonó desde el fondo, -¿por qué no sacai las orejas por la ventana y volai?- pregunto sarcásticamente el chofer, mirando sonriente por el espejo retrovisor y espontáneamente surgieron las carcajadas incluso en aquellos que se pensaba venían durmiendo, el chofer había hablado y no precisamente para decir una grosería o insulto como algunos hubiésemos pensado, sino para devolver el chiste. Creo que desde ese momento ya nadie más apuro al chofer, la verdad no lo sé, yo miraba al personaje extraño que se encontraba de pie en medio de la cuncuna “un punky” que hablaba fuerte, moviendo las manos de un lado a otro, enseñando sus cadenas, pasaba su mano de vez en cuando por los labios y se rascaba cada tanto la cabeza rasurada justo en el borde del mohicano pintado de varios colores.

A la altura del 6 de Gran Avenida tocó el timbre y antes de poner un pie fuera de la micro el chofer grito hacia atrás –¡a la otra me rajai el techo!- los pasajeros volvieron a reír, mientras yo imaginaba el mohicano como una sierra eléctrica cortando el techo. Me incorpore al sarcasmo palmoteando la espalda de uno de mis camaradas y estrechando las manos, como felicitando los dichos y el show.

Así es Santiago de noche, te encuentras con la otra cara de la ciudad, siempre hay personajes extraños, como tipos que se suben a cantar y por única vez en el día (en este caso la noche) la gente canta con ellos, los aplaude al mismo tiempo en que empinan el codo para llevarse una lata de cerveza o una caja de vino a la boca. La música había cesado y en el fondo del bus se encontraba el músico con la guitarra en la mano acercando el sombrero a los pasajeros. Sin darme cuenta ya estábamos en la Alameda, nos bajamos, nos despedimos y camine rápidamente al paradero de la 404 localizado cerca del metro Moneda, se que existe otro más cerca de donde me baje, pero encuentro muy oscura esa parte, sin nombrar los mendigos y otros personajes que se toman esa parte de la Alameda. Mejor respiro hondo y camino rápido hacia ese paradero que inspira más seguridad.

No demoro mucho en pasar, venia casi sin pasajeros y decidí sentarme en los primeros asientos después de la cuncuna, saque mi mp3 del bolsillo, acomode los audífonos, lo encendí, seleccione una carpeta, me cruce de brazos y me acurruque un poco en el asiento, estaba cansado y un poco pasado de copas, no me di cuenta en que momento comencé a cabecear, se me cerraban los ojos, intentaba resistirme, luchaba para mantenerlos abiertos y de vez en cuando lograba abrirlos.
En uno de esos abrir y cerrar de ojos vi subir a un hombre vestido completamente de blanco, sombrero fedora, con zapatos de punta ovalada. Su semblante inspiraba tranquilidad, casi luminoso. Me restregué los ojos, enfoque bien al hombre de blanco y muy tranquilo se sentó enfrente, justo en los asientos que están antes de la cuncuna en sentido opuesto al movimiento, su mirada se clavó en mi, sentí un pequeño escalofrió, trate de no inquietarme y volví a cruzarme de brazos, lo mire de reojo, hizo un ademán con el sombrero y sus labios dibujaron una pequeña sonrisa. Cerré los ojos y de pronto me encontraba caminando entre una neblina espesa, el piso húmedo era de adoquines, y unos rieles sobre la calzada atravesaban hacia lo que yo conocía como Estación Central, boquiabierto observe que la Estación no estaba cerrada con rejas y la Alameda que yo conocía no tenía las mismas divisiones. A lo lejos vi un trolebús y muy cerca de ahí un paradero de taxis, eso pensé porque eran unos Ford antiguos formados uno al lado del otro. Confundido sabia que estaba en Estación Central, sin embargo no era como yo la conocía, mire mi reloj y se había detenido, le di unos pequeños golpecitos, pero las manillas no volvieron a moverse. El silencio me inquieto, las manos sudadas las pase varias veces por mis pantalones, decidí caminar, aunque no sabia con que fin, pero camine, camine a paso lento, inseguro. Creo que casi llegaba a la calle Borja cuando unos tipos borrachos se abalanzaron sobre mi, intente defenderme, pero entre dos me tomaron con fuerza mientras el otro hurgaba entre mis ropas -aquí encontré quince pesos y …- no alcanzó a terminar de hablar cuando uno de ellos golpeo con el puño bien cerrado sobre mi rostro, un rodillazo en mi estomago, sentí como si el cuerpo se me reventara por dentro, intente forcejear, recibí otro golpe, caí al suelo, tosía sangre. Nuevamente me tomaron por los brazos e intentaron levantarme, no alcance a sobreponerme cuando una estocada certera entro a mi pecho, caí al suelo, no podía respirar, apreté mi pecho, desesperado intentaba inspirar, escupí sangre, mantenía apretado el pecho, no podía contener la sangre que salía a borbotones, caí sin fuerzas sobre los adoquines húmedos y como un cuadro incompleto mis asaltantes desaparecieron a paso ligero entre la espesa noche. Asustado desperté en el asiento del transantiago, el hombre de blanco me miro profundamente, intente inspirar hondo y ahogado comencé a escupir sangre. Cerré los ojos, los apreté fuerte, con temor los volví abrir, mi pecho ya no sangraba, mire hacia delante y vi al hombre de blanco tendido sobre el suelo, sobre una poza de sangre, con la mano sobre el corazón, retorciéndose de dolor, me levante a socorrerlo pero ya no se encontraba, fueron solo unos segundos y sin darme cuenta se desvaneció, caí descompuesto sobre el asiento, atónito, aterrado, agotado, el hombre de blanco había desaparecido, no podía creerlo, mis manos aun tiritaban, sudaban, aun sentía la respiración entrecortada. Abatido cerré los ojos, aun tembloroso respire hondo, un frío subió desde los pies hasta los hombros, al cuello, al borde de mi oído un susurro eléctrico casi imperceptible que decía: “Romualdo… Romualdo…”, el murmullo cavernoso es lo último que recuerdo antes de caer nuevamente en un sueño profundo. Desperté sobresaltado cuando el chofer de la 404 me despertó. Había llegado al final del recorrido.
Erzsebet

Tuesday, June 22, 2010

Más que un costal de huesos

No recuerdo
si me encontró o lo encontré en medio de una madeja de cordeles
que se entrelazaban
y enredaban desde los pies hasta la cabeza.

Cuando salí de todo ese entuerto abrace ese esquelético ser.

A lo lejos escuche un murmullo,
la voz parecía moverse entre las centaureas
como aire gélido incrustándose entre los poros.

-Solo eran huesos los que tiré en aquella fosa común-
Las exclamaciones de respuesta pasaron del murmullo
a un estridente castañeo de piedras y huesos danzando.

Rodee con mayor fuerza su tronco
y mis manos se perdieron entre la carne pegada
y el cuero deshidratado se pegaba a mi corazón,
como si de mi quisiese nutrirse.

-Cierra los ojos- le dije,
al mismo instante que tomé su mano. Corrimos.

No recuerdo cuando
ni cuanto
solo recuerdo que al borde de un risco nos detuvimos

Nos miramos.
Sus ojos hundidos habían desaparecido
y mi corazón se encadenaba en el suyo.

Aunque no recuerdo
si salté,
saltamos,
o aun intentamos besarnos entre la distancia.

Erzsebet

Wednesday, May 19, 2010

QUEBRANTADORES DE CONCIENCIA


“Al pasar la barca, me dijo un barquero / qué niña tan linda, no tiene dinero / Un, dos, tres, Pedro, Juan y José / lima, limita, limón, rosa, clavel y botón / sale niña que vas a perder, uno, dos y tres”. Miraba desde la ventana con nostalgia como saltaban la cuerda niños de su misma edad. Clarisa no sabia qué era salir a jugar, ni siquiera cómo era un aula de colegio, todos los días se asomaba escondida detrás de las cortinas a observar. Jamás decía nada a sus padres, pero ese día al escuchar “al pasar la barca” se perdió su mirada entre la cuerda y los pequeños pies de aquellas criaturas saltando con tanta alegría, no pudo contener las lagrimas. “No eres igual a ellos” -le dijo su madre, mientras la tomaba del hombro y la llevaba en silencio a la sala de estudios para que tomara la lección del día: “Lee la página 131”.


“¿Estas?” -teclea Clarisa en el computador. “Si, no he podido dormir” -responde su contacto. “Te he buscado estos días ¿dónde has estado?”. “Me mandaron de urgencia a España”. “¿Por eso no te has conectado?”. “Te dije que era como tu, ¿aún no me crees?”. “Mientras nuestros encuentros no sean como hologramas… aun tengo mis dudas”. “Linda, ya nos podremos ver… ya verás”.


El estado del comunicador virtual de su contacto aparece como desconectado, Clarisa suspira pero no se desconecta. Abatida, sus brazos lacios quedan paralizados al costado del cuerpo.


“No quiero leer” -con un tono de disgusto cierra el libro con fuerza, lo comprime contra su pecho dando señal de que nadie se lo puede arrebatar. “Tú no eres como ellos Clarisa, entiéndelo” -a pesar de sus cortos cinco años, no lo entiende, mira a su madre con furia acumulada y exige desafiante más detalles. “Eres…” -silencio incomodo- “Tú eres un ser humano puro, ellos son tan solo hologramas, imágenes enviadas a través del ciberespacio” -dice al fin su madre abatida, mientras el brillo de sus ojos se desvanece en la oscuridad.


Ella no se despega del computador. Desea que Guido se conecte. Ha estado años buscándolo. Esta vez cree que lo ha conseguido, a sus veintiún años lo ha logrado.


-Hija, creo que ya es tiempo que sepas como ocurrieron los acontecimientos-. Clarisa bordea las rodillas con ambos brazos, sentada en el suelo frente a sus dos padres.

En el año 2010 las personas perdieron toda fe. Ellas ya no se tocaban, no se veían. No escucharse entre sí, fue la enfermedad que se generó dentro de un caos colectivo esperando el fin del mundo. Algunos creían que la tierra cambiaria la polaridad y con ella vendría una gran catástrofe universal. Al ver que su Dios cristiano no los salvaría de dicha desgracia, terminaron convirtiéndose en seres débiles y vulnerables. Los Raelianos con sus adelantos, tomaron una fuerza y poder hasta hoy incontrolable. Los pocos católicos que existieron en la última época fueron exiliados a Roma, el único lugar, y casi extinto, donde existen personas devotas a esta creencia. Los que se quedaron en Chile, casi todos creyeron fuertemente en la ingeniería genética y en los Raelianos, llegando a pensar que ellos eran los únicos seres perfectos como los Elohim y que deberían ser solo ellos los que se perpetuaran en el gobierno. Se obsesionaron por la clonación. Hasta que un día apareció Rupert Sheldrake con una máquina que cambiaría la historia de Chile y el mundo.


En la pantalla aparece una ventana de conectado, era Guido que había vuelto a la red. Ella sonríe. Se preguntaba si él era capaz de sentir la misma emoción cada vez que se encontraban a través de la pantalla.


La maquina de “Campos Morfogenéticos” la trajeron ellos justo en el momento en que las personas depositaron toda su confianza en la creación de clones y seres de otros planetas. Todos pensaron que al acabar el año 2010 la única forma de salvarse era aceptar dicha máquina. El primero de diciembre todos los chilenos se acercaron voluntariamente para ser escaneados y formar parte de la base de datos. Menos tus abuelos, Clarisa, ellos se escondieron junto a un grupo de personas que no querían ser parte de esta locura y bien que lo pensaron. Al tiempo, todos los que no habían ido ese día de diciembre fueron perseguidos, atrapados, torturados y mutilados, nadie supo más de ellos. Sin embargo, los Raelianos han escondido esta realidad a todos sus asquerosos clones. “No entiendo ¿qué hacía la máquina? ¿Qué tiene que ver con los hologramas que transitan por la ciudad cada día?” -preguntó con interés.


Al escanearse, tu cuerpo se vuelve no material, pudiendo manipular esa información mediante la resonancia mórfica y moldear el desarrollo y comportamiento de todos ellos. Se han vuelto máquinas sin sentimientos que son controladas por los altos mandos.


“Aún espero una respuesta Guido” -sin despegar la mirada de la pantalla, ansiosa, espera ver alguna palabra desplegada. “Si, Clarisa, esta tarde te espero en mi departamento, te envío los datos por correo”.


Esa tarde venía de conseguir un poco de comida en los suburbios de Santiago. Había sido tarea difícil, pero lo había conseguido con algunos hologramas que traficaban ese tipo de especies. En la ranura inferior de la puerta vio un reflejo. No era una luz normal dentro de la casa. Se quedó un rato esperando en las afueras y no logró aguantar su curiosidad. Se tiro al suelo para mirar por debajo de la puerta. Vio unos pies luminosos. Sintió unos disparos. Desconcertada, aterrada, se escondió bajo las escaleras. Esperó con los ojos llenos de lágrimas a que se fueran.


Abrió la casilla de correo. Ahí estaba la dirección de Guido. Se duchó, arregló, delineó sus ojos, se aplico lápiz labial. Estuvo varios minutos mirándose en un diminuto espejo. Sigilosamente subió las escaleras del sótano, salió sin que nadie la viera. Caminó hacia el metro. Logró escabullirse entre los hologramas que orbitaban los vagones. Se sentó en una esquina, sintió un hielo subir desde la punta de los dedos, se estremece, trata de perder la mirada en el oscuro túnel.


Esos horripilantes hologramas salían por montones desde la casa. Después de los disparos se había quedado inmóvil en un rincón temblando de la impresión. Pasaron varios segundos antes de atreverse a salir de ahí. Trago saliva y entró a la casa. Había sangre derramada por doquier, sesos pegados en la pared, cráneos quebrados, ojos abiertos, blancos. En la mano de su madre la fotografía ensangrentada de Clarisa. Tanto fue el impacto de la sombría escena que su mente sucumbió como una pesadilla devorada peor que un cáncer.


Sube las escaleras del metro, camina por las calles solitarias del devastado Santiago. Una ciudad llena de escombros, casas a medio reconstruir, tambores encendidos. Clarisa los mira, recuerda que esos tambores aparecieron como forma de mantener el equilibrio entre los vivos y los muertos, para mantener alejados las almas errantes de quienes fueron exterminados. Ella por un tiempo quemó dinero falso por sus padres fallecidos, se entristece, ya no lo hace.


Mira a su alrededor, quizás está en un barrio donde habitaban seres humanos puros. Así se lo explica ella, mientras camina insegura. Al menos eso pretende creer. Vacila en cada paso y los recuerdos se apoderan de su mente como película enferma. En unos pasos más estaría frente a la puerta de Guido. Su andar se vuelve lento, inseguro. Llega, ahí está. Duda, vacila.


Toca el timbre. Silencio. Pulsa nuevamente el botón. Se estremece. La puerta se abre pero nadie esta detrás de ella. La empuja, no ve a nadie. Moja sus labios, suspira, se arma de valor y entra. Queda perpleja. El piso de la habitación está inundado de cables negros, blancos, rojos y amarillos amontonados unos sobre otros. No sabe donde pisar, pero avanza entre ellos con escalofrío lúgubre. Al final del pasillo, hay trece computadores. Se aproxima. Escucha ruidos metálicos. Mira, busca. Ahí esta Guido. Se horroriza. Ahí esta con la tapa del cráneo abierta con electrodos incrustados, manos y pies con placas eléctricas. Era un obeso mórbido, asquerosamente repugnante, con los ojos blancos como si viajará en alguna onda paralela, botando espuma por la boca incesantemente como si quiera hablar, pero no le alcanzaba ni siquiera para balbucear. No era el único. Los aparatos restantes constaban con “usuarios” de similares características. Verdaderamente repulsivo. Clarisa se contiene para no vomitar. Ruido ensordecedor. Se tapa los oídos consternada. De pronto, inmensos y espeluznantes hologramas entran al departamento, toman fuertemente los brazos de Clarisa. Había llegado su turno de ser escaneada.

Erzsebet

Nota: Este cuento fue escrito para Chile Bicentenario, en el marco de un concurso, que la pregunta principal era ¿Cómo se imagina el Chile del futuro? Ayer dieron a conocer el resultado del concurso (Link Aquí). Mi cuento esta lejo de sueños, anhelos y expectativas, me encanta que así sea.

Concurso: A quienes sean de Santiago, den la visión de este cuento posteando su comentario, regalaré el libro "Antología Talleres Literarios 2008", (talleres realizados en la comuna de Maipú). Para entrar al concurso deben enviar también sus datos al e-mail: erzsebet_bathory@esfera.cl

Sunday, January 10, 2010

LO QUE SE PIERDE EN LA TIERRA, Final





VI

Nuevamente escapaba desesperadamente de sus perseguidores. Sin embargo, un chico corría a su lado a gran velocidad y no pudo alcanzarlo. Él también estaba huyendo de los supuestos seres de otro planeta.
El muchacho llegó primero a la orilla del acantilado, la miró, le hizo unas señas y se lanzó al vacío como un halcón tendiendo sus brazos hacia el abismo. Carol sin pensarlo demasiado corrió hacia él. En la orilla se detuvo, extendió sus brazos y se lanzó. Por unos minutos creyó volar, hasta que chocó violentamente contra el agua. El chico estaba sonriendo, ella nerviosamente también lo hizo. Se dejaron llevar por la corriente hacia las oscuras cuevas bajo el inmenso macizo de roca.
Aquella mañana despertó tranquila. El sueño que se repetía constantemente había cambiado.
Y con un ánimo distinto salió, como de costumbre, a recorrer Santiago a dejar el currículum. Era su día libre y todo se lo tomó con calma. Se sentó en el parque de las esculturas a mirar el río Mapocho, observar como sus aguas no se detenían jamás, era una sensación de que todo pasa y nada se queda en el mismo lugar. Le agradaba pensar que ya todo fluía, por lo menos en el río, aunque fuera pestilente y de mala apariencia.
Se quedó hipnotizada mirando las aguas de río. En ese preciso instante vio que algo intentaba salir a flote. Lo siguió con la mirada. Parecía un trapo blanco, pero no. Una mano parecía emerger de las aguas. Se irguió para observar con mejor ángulo. Creyó ver un cuerpo. Se restregó los ojos y observó que se hundió definitivamente. No pudo ver que era realmente. Se puso nerviosa. Pensó que a lo mejor era una mujer, no lo sabía con certeza y siguió mirando el río. Algo nuevamente intento salir a flote, pero esta vez era un pedazo de tronco que logro liberarse y navegar libre hasta que se perdió a la distancia.
Una voz interna le dijo: “el ascensor”. Corrió a tomar el metro. Corrió al ascensor del edificio viejo donde vivía. Entró en él, apretó piso 6. Las señales metálicas se repitieron y en solo un par de segundo estaba en la ribera del río Mapocho. Quería descubrir que era realmente ese trapo blanco que había visto. Subió y bajo una y otra vez del ascensor recorriendo la ribera aguas abajo.
Cansada de subir y bajar del ascensor se sentó agotada en una roca. Casi caía la tarde y pensaba que no era buena idea estar ahí. Volvió al ascensor sin antes asegurarse que la aventura del día había terminado. Se volteó. Un destello de luz cegó su visión, una poderosa luz salida de la nada dejándola ciega por segundos eternos. Cayó inconciente.



VII

Llevaba días desaparecida. Su compañero de departamento había dado aviso a su familia y a carabineros.
Fabián no podía dormir, una extraña pesadilla lo atormentaba, aunque no era más que agua, agua turbia, revuelta, tranquila a veces, de escena negra, de colores grises. No entendía el sueño, solo sabia que era perturbador y con la preocupación de su amiga, ya no lograba dormir.
Decidió hacer afiches con la foto de Carol y comenzó a pegarlos por toda la ciudad junto con pequeños volantes que los repartía en cada salida del metro.
Caminando por el barrio Lastarria se encontró que en una de las esquinas se había acumulado un montón de gente. Un tipo con voz de pito, hablaba muy rápido y las personas a su alrededor trataban de calmarlo. “No volveré a la Clínica Normita, aunque el Señor demonio con escrupilisimo lo quiera así”, marcando bien las eses. Fabián se acercó y se dio cuenta que era un vagabundo vestido curiosamente como señora, un pañuelo negro en la cabeza, con vestido. Andaba con un carro de supermercado lleno de cachureos. Una señora dentro del tumulto “es la loca del carro”-dijo, el vagabundo la escuchó “no soy la loca del carro, ni el maestro, soy divino, divino porque vivo en la calle” –prosiguió con las incoherencias. “Lo, lo que ustedes no saben es que la Boloco esta reencarnada en Obama”. Fabián logró incorporarse dentro del tumulto llegando casi a su lado. El mendigo le miró los volantes que andaba trayendo en la mano. “Misiriarisimo!! no puedes andar buscando a ese demonisisimo, que asume la forma impostora de mujer” –le gritó de manera descontrolada. Intento arrebatarle los papeles de las manos, “y tú ¿qué te crees?” -le dijo Fabián con furia contenida. Forcejaron hasta que los volantes se dispersaron por el aire como una lluvia de papeles. El divino anticristo tomó uno de los volantes y dirigiéndose a sus espectadores siguió con el discurso: “Miren bien, esta es la forma de los nazis reencarnados, ustedes mismos pueden acordarse de que en la vida anterior fueron nazis… nazis… nazis… hay personas como usted en textos universitarios y dicen chucha!! yo era nazi en los tiempos de Atila. En la vida anterior eran todos nazis del chanchisimo. Otros se acuerdan que eran…que eran nazis en los tiempos del chanchicisimo… chanchicisimo caballo de Prusia, otros se acuerdan que eran nazis en los tiempos de los Hucklyleberry finn en los EEUU. Otros se acuerdan que eran… que eran… los… los nibelungos de España. Entonces se compra un uniforme nazi, nazi. Se compran alucinógenos y empiezan a masacrar cochinos…”.
Fabián logró salir del tumulto. “¡Mal nacido! ¡Enfermo de la cabeza! ¿Qué tiene que ver Carol con sus putos nazis?” -se preguntó. Siguió su búsqueda por la ciudad.

VIII

A las 23 horas terminaba de dejar volantes en las mesas que se ubican en las afueras de los pubs de Bellavista. El agotamiento le tenían destruido los pies y el cuerpo, pero no quería volver a casa. No sin noticia de su amiga.
Compró un par de completos en el carrito ubicado en la esquina de Pio Nono con Bellavista. Observó que la facultad de derecho de la universidad estaba en toma nuevamente. Repartió un par de volantes a las personas que compraban en el carrito mientras se terminaba de comer el último completo.
Le tocan el hombro, “yo la he visto” -le dijo una señora de apariencia humilde, “la vi anoche, ahí, en la ribera del río Mapocho”. Fabián trago el último pedazo de pan que le quedaba y casi se ahogo de la impresión.“Dígame donde” -zamarreó a la veterana. “Le digo que ahí en la ribera del río. Mire, nosotros los deudores habitacionales también estamos en toma, igual que estos cabros de la universidad y anoche después de comer salí a fumarme un cigarro y ahí estaba ella, esa chica que tiene usted en la foto paso caminando como si estuviera ida, sabe, como si un espíritu la hubiese poseído. Yo me asuste así que me entre”.
Desesperado corrió al puente. A lo lejos se veían las carpas unas al lado de la otra casi tocando el agua del río Mapocho. Estaban bajo el puente Pio Nono haciendo sus vidas cotidianas y no se había percatado. Miró a su alrededor y a lo lejos vio una bajada. Odisea que consiguió en solo unos segundos.
Se acerco respetuosamente a un grupo de personas que estaba calentando agua en una fogata. “Disculpen, estoy buscando a esta chica” –le muestra un volante. “Es mi amiga, hace días que no vuelve a casa, una señora en la feria artesanal me dijo que la vio anoche ¿pueden reconocerla?”- Las personas miraron la fotografía uno a uno. Algunos hacían gestos como de recordar algo, otros gestos de extrañeza. Un silencio desolador inundo el entorno de la fogata.
“Hemos visto una mujer que deambula por la ribera del río, pero no creo que sea tu amiga” -el más anciano del lugar rompe el silencio, negación insistentemente con la cabeza. “¿Por qué no?” –preguntan varios de los presentes. “Porque su amiga es del mundo de los vivos”. El lugar se llena de murmullos y exclamaciones:
- ¿Dices que la mujer que hemos visto todas estas noches no es del mundo de los vivos? –pregunta uno de los hombres más jóvenes del grupo, con tono escéptico.
- Creo que no ¿acaso no conocen la leyenda de “La Lola”? –les pregunta el viejo.
- ¡No! Noooo!! Noooo!!! –responden casi al unísono. Se acomodan más cerca de la fogata y se acurrucan al lado del viejo para no perderse los detalles.
- Bueno –comienza con el relato. Fabián se sienta a su lado, sin cuestionar porque se interesa por la historia.- Se dice que una mujer llamada Dolores enloqueció luego que asesinaron a su ser amado, fue tanto el dolor y el odio que sobrevivió al tiempo y la muerte. Baja desde las montañas andinas para horrorizar y acosar a los habitantes del valle central, los indígenas la habrían llamado “La Lola” que significa “Tierra Muerta”, ya que si escuchas sus gritos quejumbrosos caes irremediablemente muerto.
- ¡Esas son tonterías! –grita uno de al fondo.
- Claro que es verdad -dice el viejo con aire de seguridad en sus palabras- la hemos visto casi todas las noches, yo he rezado para no escuchar sus gritos.
- ¡Estás loco viejo! –dicen algunos con tono burlón. Otros también se ríen, toman sus tazas de café y se apartan del grupo. Fabián se pone de pie, le da las gracias a todos por el tiempo. Un chico le toma el brazo.
- ¡¡¡Es cierto!!! ya se han suicidado dos personas. Ellos cayeron dominados por su hechizo, debe creerle a mi abuelo- los ojos del chico brillaban de pena profunda. Fabián le toma la cabeza como entregándole comprensión.
Se retira del campamento caminando en silencio por el puente. A lo lejos escucha ruidos y se detiene para poder escuchar mejor. Los ruidos eran perturbadores, confusos, quizás risas lúgubres, malvadas, sarcásticas. Pensó que se podía tratar de las personas que estaban en la toma. Los sonidos se transformaron de pronto en un llanto, en un alarido escalofriante. ¡No! Parecía una mujer sufriendo. ¡¡Carol!! Se dijo a si mismo. Se le contrajo el corazón, se le apretó el estomago. A lo lejos vio una silueta de mujer con vestido blanco. Era ella quién lloraba desgarradamente. Pero podía ser cualquiera, no necesariamente su amiga. Santiago esta lleno de personajes extraños, sin embargo corrió, corrió hacia la silueta que caminaba por el costado de arriba del río. De pronto un ruido metálico inundó el espacio. Era ensordecedor, áspero, perturbador. Un resplandor lo cegó completamente. La figura fantasmal se abalanzó contra Fabián.


IX

Despertó desplomada sobre la arena plomiza de la ribera del río. Recordó el destello de luz. Por primera vez la puerta del ascensor ya no estaba a su espalda, había desaparecido. En el afluente vio que algo se movía como si un gran pez estuviese observándola. Se acercó. Era el reflejo de una mujer, el horrible rostro de una mujer desforme. Se asustó y comenzó a temblar. Miró nuevamente, era su reflejo, solo su rostro. “No temas Dolores” -le dijo una voz áspera, ronca como mezclado con gorgoteos acuáticos. Estaba asustada, no había nadie a su alrededor. Solo estaba ella, su reflejo y aquella voz que de pronto creyó escuchar que salía de si misma. “No me llamo Dolores” -grito desesperada, agitada. Daba vuelta sobre si misma. Miró nuevamente el reflejo del agua, era ella. Su reflejo que se difumino poco a poco, apareciendo poco a poco una criatura infernal. De pronto, un largo tentáculo emano de las aguas, le tomó uno de sus pies y la arrastró hasta lo más profundo.

X

En el reverso de la cuenta de luz: “Nuestra energía es para encontrarlos”:
- Carol Miranda, 29 años, Santiago Centro
- Fabián Sepúlveda, 30 años, Santiago Centro.

Monday, January 04, 2010

LO QUE SE PIERDE EN LA TIERRA, Parte 1





“Un abandono
Un abandonado en suspenso.
Nadie es visible sobre la tierra.
Sólo la música de la sangre
asegura residencia
en un lugar tan abierto”.
Pizarnik, “32” de Árbol de Diana (1962).

I

Antes de la llegada de los españoles ya fluía imponente entre los valles, atravesando todo el territorio de lo que ahora denominamos Región Metropolitana, cuna de la ciudad capital, Santiago. Ahí está, y no. Los habitantes de la ciudad lo han transformado en el vertedero de todos sus residuos.

II

No son muchos los departamentos que se pueden arrendar a buen precio en el sector de plaza Italia. Después de una ardua búsqueda encontraron algo que se les ajustaba a los bolsillos. Un departamento en el sexto piso de un antiguo edificio.
En su época de estudiante universitaria Carol entró a trabajar en un Call Center con el fin de costearse los estudios. El día que comenzó a operar en la plataforma que le asignaron conoció a Fabián, su actual compañero de departamento.
Él corrió una suerte distinta. Al egresar de la carrera de ingeniería informática ya tenía un puesto asegurado en el gobierno. En cambio ella aún seguía cada mañana caminando por la calles de la ciudad dejando el currículum en todos los lugares posibles. Volvía a casa, preparaba el almuerzo, comía, se duchaba y luego salía a paso cadencioso a conectarse al computador y los audífonos. Antes le parecía entretenida esta rutina, pero ya no. Con el pasar del tiempo se hizo cada vez más desagradable atender con voz amable a cada persona que llamaba.
El teléfono personal, en cambio, jamás sonaba.

III

Al cerrar los ojos para descansar, inmediatamente aparecían unos extraños sujetos siguiéndola insistentemente. Corría desesperada hasta llegar a un acantilado profundo, agitada miraba de lo alto como las olas golpeaban furiosas al final de la base, se volteaba y los seres extraterrestres estaban cada vez más cerca. El vacío que se dibujaba a sus pies era abismante y aterrador. Siempre veía como las olas la golpeaban bruscamente contra las rocas, el cuerpo se llenaba poco a poco de moretones y llagas, la sangre se mezclaba con la inmensa masa de agua. El final del sueño era recurrente y fatídico. Sus ojos se perdían en un abismo donde ni siquiera la muerte se atrevería a entrar.
Despertaba aterrada y con los ojos llenos de lágrimas.

IV

Contestar el teléfono a diario y no tener trabajo en lo que había estudiado no era lo único que la atormentaba. Todos los días tenía que lidiar con el tétrico ascensor del edificio donde vivía.
Para entrar en él, debías abrir una puerta y luego correr otra con fuerza. Varias veces creyó ver el reflejo de alguien que se asomaba por la pequeña ventanilla que tenía en una de sus puertas, pero reaccionaba y se consolaba pensando que era el reflejo del espejo que había en el interior.
Un día al volver del trabajo, subió como de costumbre en el ascensor y apretó el botón del piso 6. El viejo aparato crujió como si los engranajes se hubiesen trancado y soltado al instante. Luego empezó a subir: piso 2, piso 3 y así sucesivamente hasta el 6. No se detuvo. Se le apretó la garganta y comenzó pulsar los botones. La máquina no se detenía y seguía subiendo. Con un fuerte golpe metálico el ascensor se detuvo bruscamente. Carol se remeció y tuvo que sujetarse con las dos manos en los costados. Suspiró. Se arregló el cabello y trato de abrir la puerta pero no pudo. Presionó con fuerza, pero fue inútil. Un gggrruuaauummm sonó de improviso y la cabina comenzó a bajar bruscamente. En la ventanilla de la puerta vio agua, como si se estuviera hundiendo en un gran lago. Poco a poco el nivel subía más y más. Carol apretaba desesperada los botones de emergencia, pero nada respondía.
Otro movimiento brusco. Cayó sentada en un rincón aturdida, un sonido fuerte metálico la hizo reaccionar. El ascensor se había detenido. Abrió las puertas, se encontraba en la orilla del río Mapocho. Lo reconoció por el color café de sus aguas, el rápido caudal y las paredes altas de piedra y cemento que lo bordeaban. Quiso salir, pero al otro lado del río diviso una figura blanca, como silueta de mujer, casi humana, casi transparente, con el pelo largo, negro, con mirada hundida, como si un vacío le hubiese apoderado de sus los ojos.
Aterrada, marco nuevamente el piso 6. Subió, subió y bajo bruscamente. Al salir nuevamente estaba en la orilla del río Mapocho, pero esta vez, cerca del cruce pío nono, cerca del edificio, cerca de casa pero no se atrevió a salir, era de noche, una oscura noche y pulso nuevamente el 6. El sonido ronco de los engranajes le dio aviso que estaba nuevamente en marcha y esta vez, ya se encontraba en casa.
Esa noche descubrió que el ascensor la podía trasladar a lo largo del cauce el río. Pensó en contárselo a Fabián, pero la catalogaría de loca y no lo hizo. Entró directamente a su habitación y no salio hasta el otro día, asegurándose de no toparse con su amigo.


V

“Desde un pequeño lago a 32º 40’ de latitud sur, inician su curso las aguas del río Mapocho, “el río que se pierde en la tierra” (Mapu-cho), según el gráfico decir de los indígenas. Sigue desde allí una dirección nor-este a sur-oeste, y a los cincuenta kilómetros de su curso, luego de ser incrementado con diversos caudales, atraviesa la ciudad de Santiago. Acentúa luego su rumbo sur-oeste y se filtra en la tierra, desapareciendo totalmente. ¿Chuchun-co? dicen allí los indios (¿Qué se hizo el agua?) y un lugar de los contornos llega así con el nombre de Chuchunco hasta nosotros. El agua ha sido absorbida por la tierra y continuará como corriente subterránea para reaparecer más al poniente, en tierras de otros indios que, regocijados, las verán emerger cerca de sus campos de cultivo” (“Historia de Santiago”, Tomo I, La Colonia - Santiago de Chile, 1975. René León Echaiz)
Continua....

Monday, November 02, 2009

LECTURA MORTAL


Como todas las mañanas tiene programado el televisor para que se encienda a las 7:15 AM, es su única forma de despertar. Las noticias de la mañana muestran un grupo de bomberos, están consternados, son imágenes de la madrugada, dicen que un joven de unos 35 años ha muerto calcinado bajo extrañas circunstancias. Toma el control remoto y aumenta el volumen del televisor.

Al inicio del verano se sentía muy sola. La casa en “El Quisco” se había llenado de amigos de su hermana mayor. Graciela era como una sombra gravitando por los rincones de la casa. Muchas veces pasaba horas sentada en una enorme roca a la orilla del mar, con sus brazos bordeando sus piernas, con la cabeza escondida entre sus extremidades, para escuchar solo el sonido del viento y las olas golpear con fuerza. Un día se quedo tanto rato en esa posición que no se percato que se había puesto el sol. De pronto sintió un frío viento penetrar hasta los huesos, reaccionó y sin mirar al frente, camino cabeza gacha, surcando los bordes que su memoria reconocía a cada paso que daba.

Al llegar a la avenida principal, su concentración fue interrumpida por las personas que caminaban de un lado a otro, música en los locales, ruidos de motores de autos que van y vienen, vendedores ambulantes, los típicos hippies que llegan en esa época del año a vender sus artesanías.

Sentada en el borde de la cama, mantiene el control remoto muy apretado, aún no despierta por completo, sube el volumen al televisor. Una reportera consternada relata los hechos: “En la madrugada de hoy, el cuerpo de bomberos de Talcahuano fue alertado por lugareños sobre un incendio que se había desatado en el Centro Cultural…”

A lo lejos se divisaba a un tipo parado sobre un cajón de madera con un libro en la mano y la otra apuntando el cielo. “Típico, un fanático religioso” pensó, al acercase, se dio cuenta que estaba recitando poesía, ella no era muy erudita con respecto a temas literarios ni nada relacionado. Como era algo nuevo para ella, se quedo escuchando sin despegar la mirada de los labios del muchacho, que sin preocuparse del mundo vociferaba sus poemas con particular expresión corporal y tono de voz. Terminada la muestra artística ofreció su libro a los espectadores, era sumamente económico, Graciela hurgueteó entre los bolsillos de su pantalón, contó las monedas, miró el montón detenidamente en sus manos, le alcanzaba y lo compro sin dudar. Él hizo ademán de buscar la mercadería y se lo entrego haciendo una reverencia de gratitud hacia ella. Rápidamente lo oculto entre sus ropas y caminó silenciosamente a casa. No quería que su hermana la viera entrar con el libro en la mano, porque sabía que se burlaría de ella.

Entró en silencio en la casa, todos conversaban y reían, moviéndose de un lugar a otro. Nadie advirtió su presencia. Se encerró en su pieza, se recostó en la cama, saco el libro entre sus ropas y lo abrió. En la primera pagina había un escrito a mano con lápiz pasta color negro: “Cuéntame que te pareció, con cariños Max” y al final de la pagina tenia escrita una dirección de correo electrónico. Ella experimento un nerviosismo que se atrapaba entre el pecho y el estomago, tomó aire y comenzó a leer los versos que la hicieron soñar con un amor inalcanzable, líneas trazadas con sabor a caramelo, dibujándose como un arco iris en el cielo. Después de leer un par de páginas, se quedó dormida con el libro sobre el pecho.

“El siniestro se declaró pasadas las 2:15 de la madrugada, aparentemente por un cortocircuito. Según el presidente del Centro cultural, Camilo Cepeda, el siniestro destruyó por completo las dependencias…”. Graciela, se dirigió al baño, bebió unos sorbos de agua y se mojó la cara para despertar.

Su hermana la despierta con bruscas risotadas, toma el libro alzándolo con una de sus manos, moviéndolo de un lado a otro, como queriendo dibujar un halo de paginas etéreas, haciendo piruetas con él de un lado a otro. Riendo a carcajada sale de la habitación para mostrar el trofeo a sus amigos, se mofan, ríen apretándose el estomago entre burlas y palabras, Graciela intenta quitárselo, no puede. Se lanza sobre su hermana como lobo defendiendo la manada, forcejean, su hermana logra zafarse, lanza el libro a uno de sus amigos, comienzan a pasárselos entre ellos. La escena se detiene, se miran desafiantes, su hermana dibuja una sonrisa placentera y diabólica, suspira por el triunfo obtenido, sale de la casa decidida, mira el fuego que sus amigos habían preparado en el quincho. Graciela, le grita un “NO” desesperado, no lo duda, lanza el libro al fuego.

Atenta mira el televisor, la reportera entrevista a los lugareños, quienes declaran estar horrorizados, jamás pensaron que algo así podría ocurrir. La noticia la choquea, ya no quiere seguir escuchando, cambia de canal, sin embargo en el noticiario del canal vecino reportaban la misma noticia. Las imágenes del Centro Cultural totalmente destruido taladró la retina de Graciela. Un extraño escalofrío subió por la espalda.

Inmóvil observó como las páginas se incineraban con el fuego, una lágrima tímida bajó por su mejilla, no la seco, dejo que bajara por el rostro hasta mojar parte de su cuello. Sin ánimos de nada, volvió a su habitación, se acostó y tapó hasta la cabeza, intentado recordar los poemas que alcanzó a leer, recordando el borde de la página, tratando de visualizar la dirección de correo en su cabeza, no lo consiguió. Se quedo dormida armando un rompecabezas de palabras sueltas en el aire.

En el atardecer del siguiente día, volvió a buscar al poeta, sin embargo él ya no estaba. Se sentó abatida en la orilla de la cuneta, con el rostro sumergido entre sus manos tratando de recordar. Ahí estaba la imagen de la dirección de correo electrónico. Corrió al ciber más cercano, se sentó decidida, entró en su casilla y redacto el mail.

Pasaron los días de verano y Graciela todos los días abría su casilla de correos sin respuesta alguna. Las esperanzas se disipaban, junto con el recuerdo de esa tarde.

Una tarde completamente olvidada, encontró en la pantalla ‹‹Tiene un nuevo mensaje de Maximiliano Correa››. Lo abre: ‹‹Dame tu dirección y te envió un paquete con el libro / Cariños / Max››. Ella sin dudarlo, teclea rápidamente su dirección y pulsa ‹‹enviar››

Transcurrió menos de una semana, cuando el cartero tocó el timbre de su casa y le entregaba un paquete. No era como ella pensaba, era una caja, de inmediato imagino que no solo enviaba el libro, sino algo más. Emocionada, le dio propina al cartero, cerró la puerta, corrió a su habitación sujetando fuertemente la caja con las dos manos, cerró con pestillo, se sentó en la cama. Cuidadosamente abrió la caja, lo primero que sacó fue unas notas escritas a mano, las dejo a un lado, después leería todo con calma, antes quería ver el libro, releer esos poemas que tanto la marcaron en el verano. El libro no estaba, en lugar de él había una prenda de vestir, un polerón negro, sucio, mal oliente, con olor a humo de leña, asumagado, como si hubiese pasado días cerca de un fogón. Graciela lo bota al suelo con rechazo, mete todo dentro de la caja rápidamente, corre al patio y tira la caja lo más lejos posible. Se sacude las manos, el cuerpo lo siente apretado, abre los ojos como platos, respira hondo, no entiende. Algo no estaba bien. Vuelve a su pieza, se queda parada detrás de la puerta temblando, se encierra, piensa que nadie tiene que saberlo, ese día no había nadie en casa. “Eso haré” pensaba, “mañana camino a la universidad me llevare la caja y pondré las cosas en mi casillero”.

Esa noche no durmió nada, el olor a humo lo sentía pegado en el cuerpo, como si ya fuera parte de ella. Sentía el olor por todas partes, en la pieza, en el baño, en el patio, en el aire, como una especie de contaminación generalizada. Mientras se duchaba el olor permanecía ahí gravitando con las partículas del vapor.

Bajó a tomar desayuno y le pregunto a su madre si olía algo raro en el ambiente, pero no, nadie más que ella lo percibía. Eso la perturbo al limite de no querer probar bocado alguno, cogió la mochila, salió al patio, buscó la caja, estaba entre el pasto bien al fondo. Nerviosa la tomó con las dos manos, y salio de la casa como si alguien la persiguiera.

En el paradero esperó impaciente el bus, miraba la caja a cada segundo, nada se divisaba a lo lejos. Los nervios la comían por dentro, lo único que deseaba era poner esas cosas en el casillero de la universidad. Se mordía los labios, miraba si se veía el bus a lo lejos.

En eso estaba, cuando se dio cuenta que una señora de avanzada edad sentada en el paradero, la observaba de pies a cabeza. La distrajo su particular forma de mirarla y no se percató cuando el bus paró frente a su nariz. Subió tratando de concentrarse de nuevo en el plan de llegar con la caja a la universidad, miró atrás y la señora también había subido al bus. Se sentó junto a ella. Graciela ya se encontraba más nerviosa de lo que estaba.

-Señorita, no se ponga nerviosa- le habló la señora, -pero creo que debe deshacerse de la caja que lleva- Graciela quedó perpleja y no pudo decir nada, apretó la caja con fuerza y se quedó mirándola.

Sus ojos traspasaban las imágenes del Centro Cultural totalmente destruido, el escalofrío se apoderaba lentamente de la espalda. Se queda inmóvil mirando el televisor, el control remoto lo mantenía apretado. Lo suelta asustada, este cae al suelo, como si todo sucediera en cámara lenta. Se destroza en mil pedazos. La periodista sigue hablando, pero ella solo ve como mueve los labios, intenta respirar, lo consigue, se concentra. –La única victima del siniestro ha sido identificado con el nombre de “Maximiliano Correa”-. Se le congela la sangre, cae abatida, no despega la mirada del televisor.

La señora le toma la mano –Tranquilícese, le diré que debe hacer- le dice, -No guarde esa caja, busque un sitio eriazo, procure que nadie la vea, rocié esas cosas con parafina, una vez que la encienda, camine, camine sin mirar atrás, verá que el hechizo se rompe para siempre, el olor a humo rancio se ira para siempre, ya nadie podrá hacerle daño-.
Graciela enciende un par de fósforos, la caja comienza a quemarse, suspira, le da la espalda. Camina, camina sin mirar atrás y la imágenes de aquel poeta leyendo poesía en “El Quisco” fueron desapareciendo lentamente, ya no estaba el sabor a caramelo, el arco iris dibujado con lápiz tinta en el cielo. El olor a leña desaparecía del aire junto con los recuerdos de aquel día que llego la caja a sus manos.

Erzsebet

Friday, July 10, 2009

Déjà vu Cibernetico


Terminaba de leer un texto teatral de Jorge Díaz, se sentía como en un déjà vu constante, era como mirar la realidad con otros ojos, se veía fuera del cuerpo, como si recién despertará de un eterno sueño, su cuerpo estaba atrapado dentro de una cámara de video, mirando a través de un ojo digital. Como un espasmo se reflectaban los recuerdos mezclados con la obra teatral, el texto era parte de ella y no podía dividir las imágenes interiorizadas con su propia historia.

Hundió su cara entre sus manos, con desesperanza se sienta en la orilla de la cama “Nuncia… Renuncia… Anuncia… Nuncia” se repetían estas palabras una y otra vez como una gran voz proyectada con megáfono sobre el cerebro.

Se recostó e intento dormir, sus pies fríos no la dejaron, las imágenes rebotaban incoherentes en su mente, no sabe si logro dormir, estaba atrapada como en un sueño sublime. Una gran nube espesa se apodero de su cuerpo, respiro hondo, aspiro una espesa neblina negra, reacciono y corrió al baño a vomitar.

En sus recuerdos una noche descontrolaba se proyectaba sin cesar, la noche pegada a la retina, música, alcohol, ruido, mucho ruido, él, un número telefónico. Se estremeció, busco el celular entre sus ropas, apretó nerviosa los botones, menú, buscar, ahí estaba “Guillermo”. No lo llamó, pero su mirada y un “no debes estar acá” jamás se borraron de su mente.

Pasaron tres meses antes de decidir enviar un mensaje de texto “…. este es mi correo electrónico”, al instante apareció una ventana de conectado sobre la pantalla, no pasaron muchos días, ni conversaciones, cuando Camila decidió juntarse con él. No hay mucho que contar, un almuerzo naturista, unas cuentas cervezas en un antro de la ciudad, el cambio de fluidos entre sus labios y sus cuerpos marcaron el inicio del todo.

Camila parada frente a la puerta de Guillermo, con el cuerpo empapado, la lluvia cae intensamente, la luz del departamento se proyectaba tenue bajo la puerta. Su dedo tirita frente al timbre, esta apunto de tocarlo, cuando de pronto se abre la puerta. Ahí están cara a cara, ha pasado un poco más de un mes y él ya no respondió las llamadas, ella tiene los ojos llenos de lágrimas, lo mira tiernamente, él la ignora, no la ve y camina alejándose de ella, no se molesta en voltearse.

Paralizada, se le contrae el corazón y bajo la lluvia no entiende lo que esta sucediendo, él no la ha mirado, se confunde, se siente nuevamente dentro de la obra de teatro, como si el déjà vu volviera apoderarse de ella, su corazón lo siente atrapado en una pequeña caja, comprimido, no entiende.

“Te extraño” pensaba, su cuerpo no era capaz de moverse, mientras un flash intenso entró por su retina. Ahí estaba Guillermo, sentado frente al computador tecleando eufórico, el escenario era desolador, su habitación oscura, con miles de cables conectados en el suelo, tres trazas de café a medio beber, un cenicero rebalsado de colillas a medio fumar, los ojos de él hundidos en la pantalla, con barba de varios meses, balbuceando “ay Camila, Camila, jamás debí incorporar conciencia…”

Como un fantasma, un sueño, como un recuerdo se sentía dentro de un cuadro donde no podía salir. Ahí estuvo ella, parada frente al departamento de Guillermo por varias semanas sin saber que hacer. Efectivamente un nuevo software defectuoso no sabe que hacer si nadie vuelve a presionar la opción “Iniciar Programa”.

Thursday, February 05, 2009

TV BLANCO Y NEGRO, PARTE II

En esa época tener un televisor en blanco y negro era un lujo, solo accesible para quienes tenían un poder adquisitivo considerablemente alto. Ese pequeño aparato proyector de imágenes, fue la causa de mi separación con Jaime, ponía especial atención a esa caja cada vez que llegaba del trabajo, como hipnotizado pasaba horas y horas sentado delante de ella, con los ojos compenetrados hacia otro mundo. Yo creo que no le importo que tomará todas mis cosas y me marchará de la casa, arrendé un departamento con una ex-compañera de universidad y seguí con mi vida, sin embargo Jaime volvía a mi mente cada vez que pasaba por una tienda que promocionaba la venta de esta tecnología, era inevitable sentir rabia de sus acciones y del poco cuidado hacia la relación, sin más, Jaime entraba a mis recuerdos cuando una de esas pantallas se encendía delante de mis ojos.

Él poseía un quiosco de periódicos en el centro de la ciudad, muy cerca de la oficina donde trabajo y a diario evitaba caminar por esa parte de la calzada. Pero era habitual que mis compañeros de trabajo le comprarán el periódico por las mañanas y cuando Jaime no abrió más el negocio, fui la primera en enterarme.

Pasaron varias semanas y el orgullo me impidió preocuparme más de la cuenta, sin embargo mi conciencia no me dejaba en paz, sabía que era el único apoyo que tenía en la ciudad, así que decidí ir a visitarlo. Aún conservaba las llaves del departamento y le pedí a un compañero de trabajo que me acompañara.

Al llegar el olor a encierro era intenso, el departamento era un desastre, papeles por todos lados, el colchón en el suelo, el sillón frente al televisor encendido y Jaime no se veía por ninguna parte, lo llame, lo busque, pero nada, no estaba por ninguna parte, apague el aparato, di una última mirada y nada.

Me encogí de hombros y redacté una nota para acusar mi presencia en el lugar, advirtiendo que independiente de lo ocurrido, aún me preocupaba su existencia. Me retiré del lugar con un halo de esperanza de que él respondiera a mi nota, pero no fue así, pasaron varios meses y nada se supo.

Angustiada de la desaparición, puse una constancia en la policía, llame a todos los hospitales y morgues del país. Jaime no aparecía hace más de un año y mis energías puestas en su búsqueda fueron tales que el dinero ya no me alcanzaba para pagar el arriendo.

Tomé la triste decisión de habitar el departamento de Jaime, a pesar de los malos recuerdos, en mi corazón existían momentos bellos que pase junto a él y aunque no sabía nada de su existencia, depositaba una pequeña esperanza en mi alma de que él aun estaba con vida.

Reconstruí el departamento, poco a poco le di vida al lugar, volví a mi vida normal, al trabajo, a mis amigos e incluso comencé una nueva relación, que al tiempo, sin darme cuenta, ya estaba viviendo conmigo en el departamento.

Un día al volver del trabajo, mi nuevo compañero, Gastón, tenia todo desordenado, le había dado la locura por el orden, pero más que orden era un caos y dentro de todo ese caos estaba el televisor blanco y negro que tenia guardado secretamente en el closet. Yo quede perpleja, ese televisor estaba vetado para mí y eso incluía a todos los habitantes de la casa. Gastón con una sonrisa dijo “mira lo que tenias bien guardado”, se me pusieron los nervios de punta y le advertí que no lo tocará. Con ademán de no tomarme en cuenta, instaló el TV en el living, “es una buena adquisición” y procedió “de vez en cuando no nos hará mal”. Prometí no tocarlo, era la causa de mi separación anterior, sin embargo le dejé claro que si quería ver la televisión lo hiciera en las horas en que yo no estuviera en casa. Y así sucedió, jamás encendió el televisor cuando estábamos juntos.

En los días que siguieron, Gastón, empezó a tener un singular comportamiento, todas las noches se levantaba sonámbulo, balbuceando palabras incoherentes. En ocasiones me despertaba y lo encontraba de pie, al lado de la cama encorvado, con las manos alrededor del cuello, tosiendo, como queriendo expulsar algo desde el interior, ahogado. Siempre trataba de tranquilizarlo para que volviera a la cama y a la mañana siguiente, jamás recordaba estos acontecimientos y menos aún recordaba que era lo que había soñado. Al principio asocie la situación al stress laboral, ya que era la mejor respuesta que podía tener en ese momento.

Una noche advertí que estaba de pie sobre la cama, la luz encendida y los brazos extendidos hacia el techo, observando el cielo como idolatrando a alguien supremo o a la luz, no lo se con seguridad. Claramente estaba sonámbulo, pero esta vez si recordaba el sueño:

“Recuerdo que caminaba por un parque de diversiones, con juegos de entretenimientos: montaña rusa, la rueda de la fortuna, stand de tiro al blanco, carros de comida, vendedores de globos y otros. El sonido del parque de diversiones saturaba el lugar, muchas risas y voces de las personas que se recreaban. Lo que llamaba mi principal atención era la carpa central de color negro que se erigía en el centro, su forma consistía en varios picachos lúgubres y tenebrosos, con una nubosidad gris que no se despegaba del cielo. De pronto, me vi parado solo frente a la casa de tela y sentí que todo desapareció a mí alrededor. Por alguna extraña razón me sentía atraído por la carpa de circo y camine sin pensarlo en esa dirección, no alcance a llegar cuando las nubes grises empezaron a girar en torno a ella, como un ojo de tornado sobre el cielo. No podía despegar la vista del centro del ciclón, porque observaba que una luz brillante luchaba por salir del centro y me intrigaba saber si vencía la luz o el caracol gris. Finalmente, del centro del tornado se abrió un portal y me dieron ganas de entrar en el él, en ese instante desperté con los brazos extendidos hacia el techo y tu mirándome muerta de miedo desde la cama.”

Sin duda el sueño era extraño, pero ¿quién no ha tenido pesadillas o sueños raros? Todo el mundo los ha tenido, sin embargo Gastón no dejaba de tenerlas y cada noche se hacían más intensas. Varias veces despertó gritando “la guerra… la guerra… la guerra” o diciendo “solo converso con el gran barón… esta ahí el gran barón” y es ahí que no estoy segura si yo también lo soñé pero observe que movía sus manos y que en una de ellas tenia una esfera luminosa, que parpadeaba cada vez que subía y bajaba los brazos.

Yo tenía mi teoría, no era el stress laboral que provocaba todo esto sino más bien el exceso de televisión, estaba casi segura que ese aparato electrónico lo volvía loco, ya que cada vez que llegaba al departamento lo encontraba encendió con esas hormigas chirriando y ni siquiera se dignaba en apagarlo, era como una necesidad para él tenerlo encendido. Incluso a media noche se levantaba para sentarse frente a ese artefacto.

Una de aquellas noches, donde las pesadillas se apoderaban de Gastón, se levanto sonámbulo, no quise despertarlo y opte por seguirlo en silencio. Caminó hacia el living, se sentó frente al televisor blanco y negro como si esperará que se encendiese solo, balbuceaba incoherencia como exigiendo que comenzará el show. Resignada volví a la cama para tratar de dormir, pero de pronto un estruendo retumbó en todo el departamento, asustada me levante rápidamente y corrí hacia el living. Gastón no estaba, lo busque por todos lados, incluso salí del departamento y corrí escalera abajo pensando que había salido, no estaba, no estaba por ninguna parte. Volví al departamento, todo estaba en silencio y del aparato electrónico emanaba humo negro, como si estuviera incendiándose, me acerque horrorizada, con las manos trataba de despejar la humareda, tosía con dificultad, el polvo entraba por mis pulmones, estaba ahogada, el humo se esparcía por cada rincón. Cuando de repente, de la nada, la pantalla del televisor absorbió todo el humo y se quedo encendida con las hormigas chirriando sin cesar.

Erzsebet

Tuesday, January 20, 2009

Maquetas, Parte II

Desde aquel día, don Jorge no volvió a sentarse en la esquina de la calle, la cual se convirtió un tanto triste y desolada, sin embargo el recuerdo de su rostro y sus manos extendidas ofrendándome aquella maqueta no lo podía sacar de mi mente. Muchas veces recostada en el sillón miraba perturbada la representación perfecta de “La Pila de Ganso”, me quedaba horas observándola sin acercarme, encendía un cigarro, preparaba café y no sacaba mis ojos de ella, a veces camina a pie descalzo al balcón con esperanza de encontrarme con sus miniaturas exhibiéndose en la calle, a lo mejor debería de haberle agradecido por el regalo, pensaba, pero el escalofrío que subía por mi espalda recordando su aspecto saturaban de negro profundo mi corazón y mi alma volvía a rechazar su presencia, y luego pensaba que era mejor que ya no rondara más las calles cercanas del edificio. Si, los deseos eran contradictorios, pero quién no los ha tenido.

Una noche con Gustavo regresábamos de una comida de ex-compañeros de la universidad, habíamos tomado unas copas demás, nos encontrábamos alegres, riéndonos del encuentro, de las historias relatadas, al bajar del taxi mi rostro quedo perdido en la oscuridad al final de la calle, perdí el color de la piel creo, puesto que Gustavo me pregunto que ocurría y yo casi sin aliento le dije que entre las sombras me pareció ver a don Jorge mirándome de una forma espantosa y él con su sarcasmo habitual dijo “has tomado demasiado esta noche, necesitas descansar”, al principio me dio un poco de cólera que no creyera lo que decía, pero al entrar ya toda impresión desapareció.

Trate de dormir esa noche, trate digo, porque no pude cerrar un ojo sin evitar recordar esos ojos maléficos que me perseguían. Gustavo se encontraba profundamente dormido y como no deseaba interrumpir su sueño fui en busca de agua a la cocina, cuando regresaba tropecé con la estupida maqueta de micro, en ese momento no cuestione porque estaba sobre el suelo a la mitad de mi camino, la recogí y la puse en su lugar.

A la mañana siguiente desperté de un sobresalto, Gustavo estaba con la micro en la mano mirándola de un lado a otro.

- ¿Por qué estas con esa cosa en la mano? – le pregunte furiosa.
- Estaba acá en el velador – respondió y encogiéndose de hombros, reparo – estas un poco neurótica con esta cosa – y me la acercaba al rostro como burlándose y jugando conmigo, la aparte de mi rostro, se la quite de las manos y dando trancos la lleve al living, al mueble del equipo de música, el mismo lugar que se le había asignado el día que ese hombre me la obsequió.
- ¡Acá debe estar, este es su lugar, no en el velador! ¿entendiste? – le dije sobresaltada a mi pareja, pero él me miró con la misma sonrisa de siempre y siguió con lo suyo.

Me metí a la ducha un tanto alterada por la situación, sabia que Gustavo no había llevado la maqueta a la alcoba y también sabia que en la madrugada yo la cogí del suelo y la deje en el mueble del equipo de música, entonces no entendía como llego a mi velador, pensé sobre esto mientras dejaba que el agua se llevará el último residuo de polvo de mi cuerpo.

Trate de no pensar en esto, pero los días de ahí en adelante se tornaron más aterradores para mi, en la noches escuchaba el motor de una micro pequeña recorriendo el departamento y cuando me levantaba a investigar, la maqueta seguía en el mismo lugar. Llegué a creer que me estaba volviendo loca y paranoica con la situación, la observaba de lejos y no me atrevía a tocarla, como esto ya no me dejaba vivir en paz decidí botarla, pero cada vez que lo intentaba, al regresar al departamento la maldita maqueta se posaba radiante en el mueble del equipo de música.

Desde la última vez que intente tirarla comencé a sentirme observada, como si alguien mirará desde el interior de la micro y cuando salía al balcón muchas veces vi la sonrisa de don Jorge desaparecer en la esquina, como una sombra, como si supiera que en ese mismo instante él debía esconderse, como si leyera todos mis movimientos. Y muchas veces, pude vislumbrar que al voltearme hacia la maqueta ella tenía luces encendidas, repentinamente apagaba el motor y todas aquellas luces desaparecían.

Un día, ya saturada de angustia, decidí llevarla a un experto, un geólogo exactamente, quien me confirmaría de que material estaba confeccionada, si era de alguna roca conocida o no. Además, se me había metido en la cabeza que aquella cosa estaba embrujada o que poseía el espíritu errante de alguna persona o peor aún, que estaba confeccionada por el mismo demonio, no sabia exactamente porque pensaba estas cosas, pero tenia un presentimiento y me dirigí donde el experto, quien después de varias horas de análisis y una mirada atónita, perpleja y lúgubre, procedió así:

- Extraño, muy extraño – se tomaba el mentón con su mano, fruncía el seño y mojaba sus labios – no se exactamente – susurro – pero de algo estoy seguro, el material de confección no es de ningún tipo de piedra.
- ¿Entonces de que es? – pregunte nerviosa.
- Mmmm a lo mejor creerás que estoy loco, pero creo que es de hueso –
- ¡¡de hueso!! – dije gritando, con ojos sobresaltados y casi sin poder pensar bien las cosas - ¿Qué clase de hueso, se puede saber? – mis manos a esta altura sudaban nerviosamente. Volvió a tomarse el mentón, hizo unos sonidos con la boca y finalmente dijo que no podía ayudarme.

En el camino a casa me fui intranquila, tenía la maqueta en mi cartera y sentía que llevaba algo sin explicación, no podía dejar de pensar en la cara de ese sujeto tallando las maquetas como hipnotizado, en trance, el solo hecho de pensar en eso, los pelos se me erizaban y la espalda se contraía de escalofríos repulsivos.

Al llegar al departamento en la puerta del refrigerador había una nota: “te espero en el estacionamiento, con amor Gustavo”, salí en su búsqueda, sin embargo no era Gustavo quien estaba parado entre los autos, era don Jorge, quien con una sonrisa maquiavélica hizo una seña para que me acercara. En ese instante mis nervios se alteraron, mi corazón bombeaba a mil por horas y sentía que la respiración se cortaba cada vez que daba un paso hacia él. Detrás de mí escuche un ruido ensordecedor de un motor de auto, voltee, pensé en ese momento que venia hacia mi, no había nada ni nadie, gire nuevamente dándome fuerzas para enfrentarlo y ya no estaba, corrí al ascensor para volver a mi departamento, telefonee a Gustavo, se escucha bien, él estaba bien, el juego era conmigo, recordaba que ese día él decía que conocía a mi abuelo. Decidí incinerar la maldita maqueta y lo hice, quedo reducida en polvo, a cenizas, las cuales enterré en un espacio baldío muy lejos de la ciudad, mientras cavaba el agujero mi espalda se entumía, mis brazos perdían fuerza, sentía que estaba como trastornada, pero ya no sabía que más hacer, ya estaba enterrado, las cenizas estaban bajo tierra.

Creí que los ruidos nocturnos desaparecerían después de ese acto, pero no fue así, pensé que las sombras de aquel hombre no rondarían más por la calles pero tampoco fue así. A don Jorge no lo he vuelto a ver, sin embargo su presencia sigue dentro de mi departamento y sigue tras mi sombra como ave carroñera esperando que mis huesos se transformen en una más de sus maquetas.
Erzsebet

Tuesday, January 13, 2009

Maquetas, Parte I

Desde el primer día, que llegue a vivir a mi nuevo departamento ubicado en el corazón exorbitante de la ciudad, lo veía desde mi balcón en la misma esquina sentado con una paño exhibiendo maquetas de todo tipos de vehículos: camiones, autos, micros antiguas, bicicletas, motos, etc. Me llamaba la atención que miles de personas pasaran diariamente por esa esquina y nadie se detuviera a contemplar las pequeñas obras construidas a mano, hechas con sorprendente delicadeza. Una ciudad fría, siempre lo he pensado así, viviendo como si nada existiera a su alrededor excepto su sombra y respiración.

A las 7 a.m en punto me dirigía al trabajo a paso rápido como cualquier capitalino y él ya estaba en la esquina encorvado tallando sus esculturas como hipnotizado, como si estuviese sumido en un trance lleno de caos en su interior, siempre pensaba que al volver del trabajo me detendría a contemplar algo de su trabajo y quien sabe a lo mejor le compraría una maqueta de la Pila de Ganso, ese recorrido que me hacia recordar a mi abuelo cuando nos paseaba, y yo sentada en sus piernas con una sonrisa llena de alegría e ilusión por creer que manejaba esa enorme micro de fierro, con olor a fierro, con puertas mecánicas controladas por el chofer, dando boletos de papel y depositando las monedas en la caja de madera. Todas las mañanas lo pensaba, pero al volver jamás me detenía, comportándome como todos los zombies de la capital. Luego, con mi taza humeante de café, lo observaba desde mi balcón, algo había en aquel señor de avanzada edad que daba escalofrió pero no sabia exactamente que era, cuando la sensación fría recorría mi espalda, entraba al departamento y me recostaba con la mirada perdida en el cielo de cemento.

Día a día comencé a desacelerar el paso en la esquina donde se sentaba, descubriendo cada vez que observaba de reojo sus diminutas esculturas que eran de una perfección extraordinaria, si creo que hasta vi un hombre sentado en el manubrio en una de sus representaciones, sin embargo el olor a perro muerto que levitaba su rededor me asqueaba, así como también se me erizaba la piel al mirar sus ojos y encontrarme con una sonrisa diabólica, llena de dientes picados y torcidos, como si su alimentación diaria fuese de piedra volcánica u otra piedra que los tiñera de negro.

Así fueron mis primeros días en la capital, sin embargo el señor de las maquetas paso a ser como un recuerdo fantasmagórico en mi rutina, ya no pasaba tan a menudo por esa parte de la calle y los recuerdos escalofriantes de su apariencia desaparecieron de mi mente. Ya se acercaba mi cumpleaños número 25 y en lo único que pensaba era en la llegada de Gustavo, había estado de viaje por un par de meses en Europa, cosas de trabajo y no conocía como era el nuevo departamento, lo decore con todos los detalles que a él le gustan, me sentía vacía sin él, solo deseaba besarlo, los días eran eternos pero me tranquilizaba pensar que llegaría el día de mi cumpleaños.

Llegado el día, me levante de un salto de la cama, cantando: “Cumpleaños feliz, te deseo yo a ti… ya llega Gustavo …. Aaayyy que feliz soy….” Corrí a la ducha, me prepare rápidamente, a esa hora ya estaba el taxi esperando bajo la puerta del edificio.

- ¡¡¡Directo al aeropuerto!!! – le dije al taxista sonriendo como una adolescente.

El camino se hizo eterno, la ciudad atestada de tacos en cada una de sus calles, el calor cada vez se hacia más insoportable y el chofer con la manos apoyadas en el volante tarareaba una canción de Sandro, que basura pensaba, mientras miraba por la ventana y dibujaba en las nubes el rostro de Gustavo. Una vez en el aeropuerto, él se encontraba sentado sobre sus maletas con la cara que le llegaba hasta el suelo, con su cabeza apoyada en sus manos.

- ¡¡Gustavo!! – grite mientras me bajaba del taxi, él miró casi sorprendido, supongo que pensó que ya no vendría por él. Nos abrazamos y besamos por largos eternos minutos, hasta que el chofer comenzó a dar bocinazos y con una mano nos indicaba que no se podía estacionar en ese lugar. Subimos las maletas y al fin nos fuimos abrazados en el asiento trasero, me platicó de su viaje, de los asuntos del trabajo, de las anécdotas y en un lapso de silencio introdujo su mano en el bolsillo de su pantalón y saco un caja de plata envejecida, con tallados de arte gótico.
- ¡Feliz Cumpleaños Camila! – abrió la pequeña caja y en su interior había una hermosa cadena de plata con una medalla que tenia tallada un dragón. Él sabe que me gustan los dragones, sonreí y lo bese por todo el rostro llena de felicidad. En eso, ya habíamos llegado al departamento

Mientras bajábamos las maletas mire hacia la esquina, el viejo no estaba, suspire como aliviada y un poco desconcentrada seguí ayudando con el equipaje. “¿Pasa algo?” preguntó y su mirada siguió la mía hacia esa calle ausente de aquel señor, “No, no, no pasa nada, vamos a entrar de una vez” y la complicidad nos atrapo bajo el sol que nos envolvía.

Esa tarde no salimos del cuarto hasta la llamada telefónica de mi hermano avisando que en unos minutos llegaría en el auto para ir a comprar todo lo relacionado con el cumpleaños. Y así fue en resumen: salimos a comprar, preparamos las cosas, llegaron los invitados, bailamos, cantamos, conversamos, la noche pasaba y todos con un poco de residuo alcohólico en las venas contaban alguna que otra anécdota que nos hacia reír a carcajadas, algunos en la mañana se recostaron en los sillones del departamento, otros se fueron y uno que otro seguía en el balcón fumando y tomando, observando como la mañana avanzaba y ellos resistiendo hasta el último.

Con Gustavo nos recostamos en el sillón abrazados, con mi cabeza apoyada en su pecho, él me susurraba al oído, lo cual provocaba dibujar sonrisas coquetas para él. A eso de las 10 a.m. mi cuñado abrió la puerta, miro extrañado para todos lados y grito “Camila, un sujeto te busca”, “¿Quién es?”, “No sé, no lo conozco” y esperó en la puerta hasta que me acerque.

En el umbral estaba parado el extraño sujeto de las maquetas, desconcertada no sabia que decir, quede enmudecida, mi cuerpo se enfrió en segundos, me pregunte como sabia donde vivía, si acaso el me había visto caminar por su esquina, me hice miles de preguntas en solo un par de segundos, sentí a Gustavo tomar mi mano por detrás, se dio cuenta de lo perpleja que estaba.

- ¿Le puedo ayudar en algo? – le pregunto y el sujeto levanto sus dos manos, poniendo frente a mi la maqueta mejor construida y tallada del recorrido “Pila de Ganso”. Quede inmóvil, mis labios se secaron de la nada, no podía hablar.
- Le traigo este regalo de cumpleaños a la señorita Camila, yo conocí a su abuelo, disculpen mi intención no era molestarlos, mi nombre es Jorge –
- Muchas gracias don Jorge – dijo Gustavo, tomando el regalo y haciendo una señal como despedida para poder cerrar la puerta.
- Espere – interrumpió – tengo un poco de sed.
- Si claro – dije como despertando de una trance – le traigo un vaso de agua.
- Podría ser una cerveza por favor – un poco perpleja por la petición, fui al refrigerador y saque una botella individual de cerveza. Gustavo se la dio, lo despidió y al final pudo cerrar la puerta.
- Que sujeto más extraño – sentencio Gustavo – ¿De donde lo conoces?
- La verdad es que no lo conozco, no se como sabe mi nombre y no tengo idea como supo que estaba de cumpleaños – puse mi dedo en la boca – supongo que fue el ruido que lo hizo venir hasta aquí, siempre se sienta en esa esquina – y apunte desde el balcón al lugar donde siempre se sienta, pero estaba vez la calle estaba limpia.
- Uuuu que escalofrió, mejor tratemos de evitarlo, es un tipo muy extraño, no me da confianza, cuando yo no este en casa, no le abras la puerta – Gustavo miro la micro por todos lados - ¿qué hago con esto? – y lo dejo sobre un mueble – creo que se vera bien ahí, igual es un lindo adorno, no lo puedes negar- y lanzó una carcajada como tratando de alivianar el ambiente denso que se formo con la situación.

Al rato después todos los invitados se habían retirado, limpiamos el desastre de la fiesta, en un instante que barría el balcón tuve la sensación de a ver visto a don Jorge mirando hacia el departamento desde la vereda del frente, al voltearme no había nadie, como día domingo Santiago descansaba del ruido ensordecedor de sus calles y la soledad inundaba el sector. A lo mejor estoy soñando pensé, pero un halo de intranquilidad se apodero de mi ser.
Erzsebet

Tuesday, November 25, 2008

MIRADAS DEL EXTERIOR


El movimiento ocular se torna intenso, los ojos se mueven rápidamente, los abre, la pupila se dilata, zumbido, acercamiento a los surcos de la retina, zumbido, alejamiento, el ojo palpita rápidamente, se aproxima, vuelve. Recostada sobre el suelo en la esquina vacía de la habitación, inconciente, cansada de su traje blanco, de los pies descalzos.

Susurros bordean su mente… imágenes vuelan sobre ella como buitres hambrientos.

Entorno blanco
Silencio
Paredes antirruido

En una esquina la respiración se vuelve agitada, irregular, la frecuencia cardiaca se descontrola, cambia la temperatura de su cuerpo, se activan los controladores REM.

De nuevo ese olor a medicamento, siento la boca seca, mi cabeza, no puedo moverme… mis brazos están dormidos, desde mi posición trato de mirar alrededor… maldición… aun estoy en esta habitación ¿Cuándo saldré de aquí? Mierda… este blanco intenso me vuelve loca, siento como la saliva de mi boca moja el piso… no reacciono… no puedo moverme.

Los ojos de Sara se dilatan, sube la temperatura corporal, las convulsiones se apoderan de su cuerpo, una extraña espuma negra sale de la boca, sigue agitándose, intenta cerrar los ojos, no puede… silencio, cae inconciente.

Las enfermeras entran en la habitación con equipos de reanimación, choque eléctrico directo en el corazón, una vez más dice el médico, mientras los ojos de Sara siguen abiertos con el inconciente perdido en el espacio, nuevamente un choque de corriente continua sobre el cuerpo, casi vuelve, su alma flotando en la habitación intentando volver, el cuerpo la rechaza,…. Reacción eléctrica… regresa.

Mueve nerviosamente el cursor de su computadora sobre una línea ondulada, es apenas una luz trémula junto al reflector. Descompone la luz en todos sus colores, reproduce el espectro de banda con líneas oscuras en común como un código de barras.

Sara Jermyn es una estudiante de astronomía, pasa sus noches sentada detrás de un telescopio en el observatorio de La Silla, donde comparte su vida con el desierto montañoso. Desde pequeña que los universos desconocidos acaparaban toda su atención, lo que la llevó a buscar en cada estrella la realidad de los párrafos de Olaf Stapledon. Al inicio de su carrera, sus padres no estaban de acuerdo con la decisión que había tomado, pero su insistencia mezclada con una dosis de pasión incontrolada no la detuvieron. Y ahí estaba, impaciente, esta noche ha sido difícil, los brumos han nublado la visión de los telescopios y los computadores solo captan un débil punto de luz que aparece sobre la pantalla.

Mide la longitud de onda, se apresura, mira con detención los resultados, teclea rápidamente los códigos apareciendo uno a uno en la pantalla. La superficie de la estrella, de aquella luz, se va identificando poco a poco dentro del ordenador de Sara. Vuelve a mirar la computadora con duda, se detiene, toma su mentón, escribe algunos garabatos, busca, observa por el telescopio, lo gradúa, se gira con la silla una y otra vez, medita. Sus manos transpiran, moja sus labios, no puede creer lo que esta viendo, al fin lo ha encontrado y esta sola, no tiene con quien celebrar, gritar, saltar, llorar de alegría, abrazar a alguien, ahí esta frente a sus ojos, posado como una esfera esperando que Sara la recoja, ahí esta la luz, ahí esta el exoplaneta soñado.

Salto alegre de la silla, saltaba y gritaba emocionada, sus ojos se llenaron de lágrimas, no podía creer lo que veían sus ojos. De pronto, un rayo luminoso entro por el telescopio.

Sorath sacude la cabeza, moja su cara, se queda perplejo mirando el rayo luminoso que atraviesa el espejo del baño, busca en el entorno, ninguna luz proviene del exterior, examina, nada puede provocar ese extraño reflejo. La retina de su ojo comienza a palpitar.

Inmóvil. La luz se mueve de un extremo a otro en el espejo, brilla, se apaga, parpadea, cambia a tonos violeta intenso, luego anaranjados, amarillos, rojos, vuelve al amarillo, luego a blanco intenso, encandila la mirada atónita de Sorath quien sigue observando la escena.

Los colores se mezclan en el vidrio, transformándose como una especie de proyector, de televisor de mala calidad, de baja resolución. Sara jugando con muñecas, en su primer día de clases, cayendo a un gran charco de agua barrosa, un beso, una mirada, en el salón de la universidad, llorando, un funeral, abrazando a su padre, fumando en las afuera del observatorio, deslizando la tarjeta magnética en la puerta de hierro. La proyección se difumina poco a poco frente a él, mientras su mirada se cruza con los ojos encandilados de Sara.

Reacción.
Se desmaya, cayendo bruscamente sobre el piso del observatorio.

Siento un gran dolor de cabeza, ese olor, que desagradable olor a químicos, no siento mis brazos, mis piernas, no puedo moverme… sed, tengo sed.

Rastrea con la mirada la habitación en busca de un vaso con agua. No lo encuentra, no hay camas, ni sillas, solo ella como ser inerte decorando el cuarto.

¿Dónde estoy? Se pregunta, tratando de luchar con su parálisis temporal. Después de varios minutos, el efecto de las drogas disminuye. Sara logra pararse, tambalea, casi no tiene fuerzas, trata de avanzar unos pasos con dificultad. Mira sus pies, como si mentalmente le diera ordenes uno a uno para poder caminar.

Confundida.
No recuerda nada, intenta hacerlo, pero no lo logra, mira a su alrededor, no hay puertas, ni ventanas, solo la ampolleta que parpadea y oscila de un lado para otro. Desesperada, palpa las paredes acolchadas, bordea con sus dedos las esquinas, los limites de aquel cuarto, no tiene fuerzas, grita, llora, golpea con la poca fuerza que le queda el piso del infierno blanco. Rendida por el fracaso, cae desplomada en un rincón, oculta su rostro húmedo entre sus manos.

- Es inútil que escapes, me has encontrado y yo no quiero regresar –
- ¿¿Sorath?? No… noooo puedeeee ser… tu no estas aquí… no puedes estar aquí….

Risa estridente, diabólica, infernal. Se miran desafiantes, los ojos se pierden en la profundidad de los negros ojos.

Sara se abalanza sobre él, luchan, se golpean con fuerza. Sorath la levanta con sus pútridos brazos, la lanza contra la pared, ella intenta levantarse con el dolor intenso en su cuerpo. Vuelve a la pelea, sus puños se incrustan en las carnes malsanas de la espalda enemiga. Él se defiende, bloquea, no baja la guardia, devuelve el ataque con una gran puño en el rostro de Sara, quien cae al suelo con el cuerpo ensangrentado, la mira hacia el suelo triunfante. Un ojo se cruza con otro ojo, penetra su mirada, se incorpora al viaje interno de su pupila, ella siente miedo, oscuridad, lucha… demasiado tarde… Se dilatan sus ojos… los músculos del cuerpo se contraen y distienden una y otra vez, su cuerpo se azota brusca y violentamente contra el suelo… silencio, cae inconciente.

Erzsebet