
Recuerdo que llegamos a Mejillones, nos tomamos varias fotos, ese día descansamos, sin embargo no nos podíamos quedar con nuestras carpas en ese lugar, ya eran las 5 de la tarde y decidimos salir a la carretera a probar suerte. De pronto, un camión muy viejo paro frente a nosotros, estaba sucio, lleno de tierra y el chofer estaba tan viejo como el camión, nos pregunto donde nos dirigíamos y respondimos que solo a un lugar donde pudiéramos acampar.
- Púes súbanse, yo conozco un camping donde podrán pasar la noche –
- Pero no tenemos dinero – dije – lo ideal seria un lugar donde no tengamos que pagar por la noche.
- De eso no se preocupen – guiño un ojo y nos dio una seña para que subiéramos atrás.
Sin pensarlo, todos subimos en la parte trasera del camión, este se movía mucho, sobre todo cuando entramos en un camino de tierra. El viejo iba muy contento, y sonaba una canción muy vieja en su radio, cantaba y tarareaba la canción, no recuerdo exactamente de quién era, pero me hizo recordar a mi abuelo. El viejo nos grito para atrás.
- ¡¡Ya estamos llegando, esta al lado del mar!! – y siguió cantando.
Cuando el camión se detuvo, nos señalo el lugar, guiño un ojo y puso a toda marcha su vieja maquina, levantando mucho polvo. Al perder el camión de vista y verlo desaparecer entre el polvo, nos dimos vuelva automáticamente, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo para girar, era un campamento abandonado, tenia una reja de madera desgastada con el tiempo, la abrimos y entramos muy sigilosos, no había alma que rondara el lugar, sin embargo se sentía el oleaje golpeando al son del viento las rocas de la orilla. Exploramos con mucha cautela el lugar, tenía baños, duchas, lavaplatos y una copa de agua, que activamos y todo empezó a funcionar muy bien, ya estaba oscureciendo, a lo lejos el sol se perdía en el mar. Encontramos un generador eléctrico, que jamás lo hicimos funcionar.
Antes que la oscuridad nos alcanzara, levantamos las carpas, algunos prepararon la comida y otros recolectaron algo de leña en los alrededores, la noche sería muy oscura y fría.
Cuando terminamos de comer, fuimos a la orilla del mar, era un roquerio amplio, pero el macizo era más bien como una terraza formada por rocas casi planas, con alguna que otra roca que sobresalia. Encontramos interesante sentarnos en las rocas, junto al mar, sentir el viento silbar a lo lejos, oír el mar rugir cerca de nosotros, acompañado de una piscola y buena conversación. Esa noche estábamos todos cansados, sin embargo algunos bromeaban diciendo que se quedarían sentados en aquellas rocas hasta ver salir el sol, sin duda el espectáculo que querían presenciar es uno de los más hermosos. No había pasado mucho tiempo desde que nos sentamos a beber nuestro trago, se los aclaro, ya que lo que paso enseguida no fue producto de algún estado etílico, ni menos del cansancio del viaje. A lo lejos se escuchaban gritos, gritos que venían del mar, claramente se escuchaban como personas dentro del mar, nos levantamos, encendimos nuestras linternas y alumbramos hacia el lugar de donde provenían las voces, pero la oscuridad de la noche no nos dejaba ver nada, no había nada, caminamos por la orilla entre las rocas alumbrando hacia el interior del mar, pero no se veía nada, ni botes, ni personas, nada, los gritos eran cada vez más nítidos, eran palabras en otro idioma, quizás un idioma indígena, no lo sé, lo único claro fue el miedo que nos abrumo de pronto, un miedo escalofriante, un miedo que se transformo en un hielo que subió de los pies a la cabeza, ya nadie hablaba, solo mirábamos expectantes hacia la inmensidad del mar, donde el rugir de las olas era como una canción diabólica, una canción que hipnotizaba. De pronto, uno de mis amigos corrió despavorido, como si algo hubiese visto salir entre las rocas, o la espuma de las olas que chocaban en ellas, algunos lo siguieron, yo no me podía mover, veía a lo lejos que todos se dispersaban y gritaban, gritos que se confundían con los sonidos del interior, con la melodía de las olas. Quise moverme, pero al dar un paso, choqué con una pared invisible, me moví hacia el otro lado y volví a chocar con otra pared invisible, estaba envuelto como en una cúpula que no podía ver, comencé a gritar, a pedir ayuda, a lo lejos se veían mis amigos en la misma situación que yo, trate de calmarme, pero el miedo no me dejaba pensar, mis amigos gritaban que estaban atrapados, yo también lo estaba, “¿qué es esto?” me preguntaba, mientras palpaba la pared invisible. Cerré los ojos como pidiendo ayuda, al abrirlos vi un hombre al frente, de sonrisa maléfica, comencé a tiritar, intenté dar un grito de auxilio, pero nada de mi boca salio, solo recuerdo que algo me golpeo por la espalda y caí de rodillas sobre las rocas, al levantar mi vista ya nada había y el sol golpeaba sobre mi cabeza. Erzsebet