Monday, November 29, 2010

SUEÑO HIPERBÓLICO


Termino a eso de las 3 de la madrugada el tributo a Death en el Infierno Bar, mientras nosotros aún nos encontrábamos con la adrenalina en lo alto, el cuerpo alcoholizado, el ánimo enriquecido a música, con ganas de seguir cabeceando y bebiendo cerveza, pero teníamos que resignarnos, el Infierno cerraba sus puertas y el paradero del transantiago poco a poco se atochaba de chascones de negro a la espera de la 201. No recuerdo si pasaron minutos u horas antes de subir a la micro, solo mantengo en mi memoria los comentarios de la tocata, un par de chistes y muchas risas. Recuerdo cuando subimos en masa intentando movilizarnos através de la cuncuna, conversando de manera espontánea, en tono alto, desinhibidos.

A pesar de la hora el recorrido era lento, tan lento que algunos pasajeros exaltados comenzaron a reclamar, silbando y pisoteando fuertemente contra el piso. Como nuestro estado era de euforia, por así decirlo, nos reíamos a carcajadas de los -¡ya poh! ¡apura la maquinaaa!- que se escuchaban desde el fondo, junto a algunos silbidos y risotadas, actitud que no les pareció para nada a los pasajeros molestos, pero nosotros para distender el ambiente agregábamos nuestra cuota –¡andai puro carreteando!- y otros se animaron -¡te faltan los puros remos para ir más lento!- El chofer a esa hora de la noche no le importaban los reclamos de las personas e incluso creo que disminuyo la velocidad, -¡métele chala poh hombree!- resonó desde el fondo, -¿por qué no sacai las orejas por la ventana y volai?- pregunto sarcásticamente el chofer, mirando sonriente por el espejo retrovisor y espontáneamente surgieron las carcajadas incluso en aquellos que se pensaba venían durmiendo, el chofer había hablado y no precisamente para decir una grosería o insulto como algunos hubiésemos pensado, sino para devolver el chiste. Creo que desde ese momento ya nadie más apuro al chofer, la verdad no lo sé, yo miraba al personaje extraño que se encontraba de pie en medio de la cuncuna “un punky” que hablaba fuerte, moviendo las manos de un lado a otro, enseñando sus cadenas, pasaba su mano de vez en cuando por los labios y se rascaba cada tanto la cabeza rasurada justo en el borde del mohicano pintado de varios colores.

A la altura del 6 de Gran Avenida tocó el timbre y antes de poner un pie fuera de la micro el chofer grito hacia atrás –¡a la otra me rajai el techo!- los pasajeros volvieron a reír, mientras yo imaginaba el mohicano como una sierra eléctrica cortando el techo. Me incorpore al sarcasmo palmoteando la espalda de uno de mis camaradas y estrechando las manos, como felicitando los dichos y el show.

Así es Santiago de noche, te encuentras con la otra cara de la ciudad, siempre hay personajes extraños, como tipos que se suben a cantar y por única vez en el día (en este caso la noche) la gente canta con ellos, los aplaude al mismo tiempo en que empinan el codo para llevarse una lata de cerveza o una caja de vino a la boca. La música había cesado y en el fondo del bus se encontraba el músico con la guitarra en la mano acercando el sombrero a los pasajeros. Sin darme cuenta ya estábamos en la Alameda, nos bajamos, nos despedimos y camine rápidamente al paradero de la 404 localizado cerca del metro Moneda, se que existe otro más cerca de donde me baje, pero encuentro muy oscura esa parte, sin nombrar los mendigos y otros personajes que se toman esa parte de la Alameda. Mejor respiro hondo y camino rápido hacia ese paradero que inspira más seguridad.

No demoro mucho en pasar, venia casi sin pasajeros y decidí sentarme en los primeros asientos después de la cuncuna, saque mi mp3 del bolsillo, acomode los audífonos, lo encendí, seleccione una carpeta, me cruce de brazos y me acurruque un poco en el asiento, estaba cansado y un poco pasado de copas, no me di cuenta en que momento comencé a cabecear, se me cerraban los ojos, intentaba resistirme, luchaba para mantenerlos abiertos y de vez en cuando lograba abrirlos.
En uno de esos abrir y cerrar de ojos vi subir a un hombre vestido completamente de blanco, sombrero fedora, con zapatos de punta ovalada. Su semblante inspiraba tranquilidad, casi luminoso. Me restregué los ojos, enfoque bien al hombre de blanco y muy tranquilo se sentó enfrente, justo en los asientos que están antes de la cuncuna en sentido opuesto al movimiento, su mirada se clavó en mi, sentí un pequeño escalofrió, trate de no inquietarme y volví a cruzarme de brazos, lo mire de reojo, hizo un ademán con el sombrero y sus labios dibujaron una pequeña sonrisa. Cerré los ojos y de pronto me encontraba caminando entre una neblina espesa, el piso húmedo era de adoquines, y unos rieles sobre la calzada atravesaban hacia lo que yo conocía como Estación Central, boquiabierto observe que la Estación no estaba cerrada con rejas y la Alameda que yo conocía no tenía las mismas divisiones. A lo lejos vi un trolebús y muy cerca de ahí un paradero de taxis, eso pensé porque eran unos Ford antiguos formados uno al lado del otro. Confundido sabia que estaba en Estación Central, sin embargo no era como yo la conocía, mire mi reloj y se había detenido, le di unos pequeños golpecitos, pero las manillas no volvieron a moverse. El silencio me inquieto, las manos sudadas las pase varias veces por mis pantalones, decidí caminar, aunque no sabia con que fin, pero camine, camine a paso lento, inseguro. Creo que casi llegaba a la calle Borja cuando unos tipos borrachos se abalanzaron sobre mi, intente defenderme, pero entre dos me tomaron con fuerza mientras el otro hurgaba entre mis ropas -aquí encontré quince pesos y …- no alcanzó a terminar de hablar cuando uno de ellos golpeo con el puño bien cerrado sobre mi rostro, un rodillazo en mi estomago, sentí como si el cuerpo se me reventara por dentro, intente forcejear, recibí otro golpe, caí al suelo, tosía sangre. Nuevamente me tomaron por los brazos e intentaron levantarme, no alcance a sobreponerme cuando una estocada certera entro a mi pecho, caí al suelo, no podía respirar, apreté mi pecho, desesperado intentaba inspirar, escupí sangre, mantenía apretado el pecho, no podía contener la sangre que salía a borbotones, caí sin fuerzas sobre los adoquines húmedos y como un cuadro incompleto mis asaltantes desaparecieron a paso ligero entre la espesa noche. Asustado desperté en el asiento del transantiago, el hombre de blanco me miro profundamente, intente inspirar hondo y ahogado comencé a escupir sangre. Cerré los ojos, los apreté fuerte, con temor los volví abrir, mi pecho ya no sangraba, mire hacia delante y vi al hombre de blanco tendido sobre el suelo, sobre una poza de sangre, con la mano sobre el corazón, retorciéndose de dolor, me levante a socorrerlo pero ya no se encontraba, fueron solo unos segundos y sin darme cuenta se desvaneció, caí descompuesto sobre el asiento, atónito, aterrado, agotado, el hombre de blanco había desaparecido, no podía creerlo, mis manos aun tiritaban, sudaban, aun sentía la respiración entrecortada. Abatido cerré los ojos, aun tembloroso respire hondo, un frío subió desde los pies hasta los hombros, al cuello, al borde de mi oído un susurro eléctrico casi imperceptible que decía: “Romualdo… Romualdo…”, el murmullo cavernoso es lo último que recuerdo antes de caer nuevamente en un sueño profundo. Desperté sobresaltado cuando el chofer de la 404 me despertó. Había llegado al final del recorrido.
Erzsebet

2 comments:

Black Serpentor said...

Felicitaciones por una parte de mostrar las vivencias de un banger chileno a altas horas de la madrugada y tambien por ser un cuento extraordinario.. genial... que hace ver lo tradicionalista de nuestra sociedad... un cuento mitologico...solo falto la vieja del dedo largo... saludos

Connie Tapia M. said...

jaja! La vieja del dedo largo da para otro relato jajaj!